15 de octubre de 2016

Cuatro veces cielo - @lacallejuelasinfin

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Me habían puesto en la habitación 669, con vista al patio interno. "Todas dan al patio interno", me había aclarado el conserje en la recepción, cuando me dijo que podía elegir qué habitación prefería. Dejé mi maletín sobre la cama y me asomé a mi ventana. Contemplando el patio interno, imaginé al arquitecto que había ideado semejante construcción. Después miré el cielo y sus nubes casi cuadriculadas. No era un paisaje muy distinto: imaginé al arquitecto que había ideado semejante construcción. Intuí que en esas nubes vivirían seres para los que el cielo seríamos nosotros, y que verían desfilar, por ese cielo, ventanas como las nuestras. Admirarían nuestras ventanas y les inventarían formas. Entendí que las nubes nos resultan bellas sólo porque no están fijas. Hubo un olor a primavera, y me asombré de la existencia de ese olor en esos mundos de ventanas. Después hubo más abajo un ruido, a ventana que se abre para afuera y de golpe, como el tic nervioso de una flor.

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Algunos se quedaban. "Yo sufro más", anunciaban, orgullosos, casi hábiles, golpeándose el pecho. Otros, más moderados, más escépticos, no se anotaban en esa competición de reglas extrañas. Salían a la esquina de sol. Y ahí el único límite, la única regla era la sombra que estaba a la vuelta. 

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¿Qué hay detrás de las ventanas? Los arquitectos las crearon para poder mirar hacia afuera, pero no se habrán dado cuenta (o sí) de que a la vez estaban creando algo más retorcido, la indiscreción, o sea, poder mirar hacia adentro. Algo parecido ocurre con nuestra aptitud para la psicología, ese extraño momento en que los dioses de la naturaleza se retiran y lo interior ocupa el protagonismo. Y poco es lo que pueden evitar, en cada caso, la cortina o el velo de la conciencia, al margen de que para colmo generan el efecto no deseado: el aumento de la indiscreción.

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En la ventanilla con hollín de un bondi que pasó, vimos nuestro reflejo. Y se fue rugiendo hacia la policromía, la fantasmagoría de la ciudad. A veces es la ciudad saturada. Y esas veces ocurre. Como una hipótesis, como una distracción de nuestros pies, aparece una luz improbable. Si los pies están cansados, esa luz brilla más. Si es un sol o qué, si es que sube o baja detrás de la calle, eso es algo que no podríamos comprender. 

8 de junio de 2016

Sobre el tango



Siempre me llamó la atención esa frase que dice que el tango te espera y su otra versión: el tango te llega después de los cuarenta. Más que llamarme la atención, siempre me incomodó y la miré (escuché) con recelo, como protegiéndome; aunque a la vez dándole la importancia que se le da a un adversario despreciable pero prestigioso.

Seguramente es verdad la frase, pero no veo en eso tanto mérito. Tiene algo de amenaza que no me gusta, como si una estereotipada voz tanguera dijera: “Daaale nomás, pibe. Seguí viviendo tus primaveras que total, el tango te espera”. Con versito y todo. Podría ser el remate de una canción de Julio Sosa. Como quien dice, con total verdad: “Que total, te vas a morir”. Con total verdad, pero no sé si razón.

El tango siempre me gustó. Cuando era chico, me acuerdo de que los domingos iba a Capital en auto con mi familia, al cine a ver algo de Disney, a Mc Donald's, al shopping o a esas cosas que hacían las familias en los noventa, y que siguen haciendo, mal que le pese a la década ganada. Cuando cruzábamos el puente Pueyrredón y entrábamos en la gran urbe, la sensación era aplastante: un poco a la manera de los Simpsons cuando llegan también en auto a “ciudad capital” y se maravillan por las luces de neón y los altos edificios. Y a la vuelta, claro, la cosa se ponía tanguera. Flotaba en el aire del auto esa cosa triste de mañana es lunes. Cruzando el puente, me lo imaginaba a Gardel en el atardecer, sentado conmigo y con mi hermana en la parte de atrás del auto: la ñata contra el vidrio, mirando el Riachuelo y cantando, o más bien susurrando: Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver…

***

No me gusta del tango su misoginia, ni tampoco su fatalismo autocomplaciente, excesivo y cómodo. Muchas veces pensé (quizá para convencerme de que estaba madurando) que el tango era una bella queja de un señor de 60 años que se salteó convenientemente la adultez. Se hizo el dolobu, y ahora sufre mucho. Misoginia, fatalismo. El tango también es eso, mal que nos pese. ¿Pero sería justo pedirle a un género musical otra cosa que no sea reflejar la cultura que lo crea?

Es que no puedo pensar en otra ciudad o cultura tan identificada a un género musical como la nuestra. ¿Lisboa y el fado? ¿París y Edith Piaf? No sé, escucho ofertas. Incluso Montevideo, la otra capital tanguera, tiene el candombe, que le pelea el papel protagónico al tango y creo que le gana.

Acá se escuchan mil tipos de música. Pero hay algo que, pese al paso del tiempo, une íntimamente a esta ciudad con el tango. Se lo sigue viendo en la gente, aunque escuche hip hop o lo que sea. Se lo ve en una oscura persistencia del machismo (en hombres y en mujeres). O en la añoranza del pasado, o en las ganas de vivir afuera, sólo para después poder cantar con fatalismo autocomplaciente, como en este tango:

Tirao por la vida de errante bohemio
estoy, Buenos Aires, anclao en París.

Como si el bohemio desterrado que cómodamente ve la nieve parisina tras la ventana no pudiera hacer el intento de juntar unos mangos y volver. Y luego exclama y lamenta con visible histeria, como quien deja a la novia y después vuelve para acosarla con mensajitos de WhatsApp desconcertantes:

Lejano Buenos Aires, ¡qué lindo que has de estar!
Ya van para diez años que me viste zarpar.

***

Pero no quiero ser tan criticón. Me pasan otras cosas también: ya de grande, la otra noche, también en un auto, esta vez en un taxi. También era domingo. Íbamos con mi novia atravesando las nocturnas calles de la fría Buenos Aires de estos días, y el taxista escuchaba la 2x4, la famosa radio de tango (ignoro si hay otras). Habían puesto un tema de Piazzolla. La música se desplegaba no por el interior del coche, sino por la noche porteña a través de las calles de Almagro y Caballito, y tuve la sensación de que el tango era eso, la ciudad misma. El tango era lo que iba creando las calles a su paso, o lo que iba creciendo con las calles a su paso: avenidas anchas e infinitas, calles con semáforos y callecitas empedradas cuajaban todas perfectamente en la red sonora que tejía la radio.

Y exagerando las condiciones climáticas, pero no la sensación, me acordé del final de un tango que compuso Kevin Johansen sobre la nieve que cayó en 2007:

Nieva en Buenos Aires,
y por un momento
corre un sentimiento, amo esta ciudad.

3 de junio de 2016

La callejuela sin fin


¿Qué es Buenos Aires? La mejor manera que encuentro para hablar sobre la ciudad es hablar un poco sobre mí mismo. La ciudad es infinita. La infancia también. Y la ciudad es la infancia. Y yo soy de Zona Sur. Eso significa que a Buenos Aires siempre le dije Capital. En mi infancia, entonces, Buenos Aires empezó por ser Capital a secas. Y de chico, para mí Capital siempre era la avenida Callao, y también las pizzerías de Corrientes y el Obelisco. Pero sobre todo Callao. Toda imaginación de niño es arbitraria, es el colmo de lo subjetivo. A mis diez años, ir a Capital se reducía a andar en auto por esa anchísima avenida de infinitos carriles y edificios seguidos, uno al lado del otro. Luego era meterse en algún cine, y después otra vez era la avenida y, cuando quería acordarme, ya estaba de nuevo volviendo, cruzando el Riachuelo.

Ya de más grande, siguieron las excursiones. A los 14 años, me rateé del colegio con mi hermana y con su novio, que era compañero mío. En medio de la súbita libertad, ¿cómo no iba a proponerles ir hasta el Obelisco? La libertad era eso: ir al Obelisco. No fuimos a una plaza o a un shopping. 

Tomamos el Roca en la hora pico; era junio de 2001 y hacía frío. Viajamos aplastados en ese tren y luego en el subte línea C, y al salir también nos aplastó ver al gigante, como dice la canción. Como si la libertad, en la adolescencia, no consistiera en sentirse grandes, sino ínfimos, minúsculos. Otros prueban con ver el mar o el cielo despejado a la noche; a mí se me ocurrió ir hasta Corrientes y 9 de julio.

***

A veces creo que mis grandes revelaciones sólo se produjeron en la infancia. Más tarde, cuanto mucho, me ocurrieron sus respectivas revalidaciones. Como querían los platónicos, en esos casos, ver no es más que recordar. O también escuchar: fue de grande, ya lejos de la infancia, que escuché por primera vez que la luna va rodando por Callao, en el famoso tango de Piazzolla-Ferrer. ¿No era yo mismo quien rodaba por esa avenida de chico? La imagen es poética, claro, pero nunca me pareció exagerada. ¿Cómo no iba a caber el satélite de la Tierra en aquella avenida de los infinitos carriles y edificios seguidos?

***

Al que me preguntara qué es Buenos Aires, o cómo conocerla, probablemente le sugeriría que, al atardecer o de noche, hiciera el siguiente trayecto en L: desde Corrientes al 1000 (Obelisco) hasta Callao, y allí doblar en el sentido del tránsito, es decir, hacia la Recoleta. El paseante obtendría allí una buena muestra gratis del esplendor y la nostalgia de una ciudad que aprendió a ser absoluta.

***

¿Qué será Buenos Aires? Borges se hace la misma pregunta en su poema titulado precisamente “Buenos Aires”. Tal vez la pregunta sea una porquería (sabrá perdonarme Borges); tal vez sea una trampa filosófica, artera. Cualquier respuesta es válida: incluso decir todo. Se trata simplemente de intentar aproximaciones, pinceladas. En este sentido, la literatura nos ayuda. En su poema ya mencionado, Borges enumera muchas respuestas posibles y, entre ellas, hay una extraña definición de su ciudad natal, tal vez la más certera:

Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca.

De eso se trata: la ciudad que no se acaba nunca. Uno siente algo por el estilo caminando por una ciudad que siempre tiene una nueva esquina que ofrecer, una nueva callecita, un nuevo café, hasta incluso un nuevo barrio.

Raúl González Tuñón fue otro poeta nacido en Buenos Aires. Hay un gran poema suyo que no elige titular “Buenos Aires”, sino “Lluvia”, pero en el que sin embargo se le escapa este verso bien porteño:

(…) subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.

La callejuela sin fin. La calle que no se acaba nunca. O la avenida. ¿La avenida Callao, tal vez? Yo no lo sé. Habría que preguntarle a la luna, el día o la noche en que deje de rodar.


2 de junio de 2016

Forgot your password?


Cuando despertó esa mañana, no sabía quién era. Es decir: sabía —seguía sabiendo— que vivía en esa ciudad, que trabajaba de tal cosa y que tenía tal o cual plato o hobbie favorito. Pero no se acordaba de su nombre.

Fue al baño. Al mirarse en el espejo, se reconoció. Seguía conociendo cada detalle de su vida y seguía reteniendo cada recuerdo, pero el lugar de su nombre estaba vacío. Era algo así como despertarse y no recordar cómo destrabar el celular. Una pequeña falla en lo mecánico, en lo esencial.

Claro que entonces fue corriendo a buscar su DNI. Pero en el lugar en que debía estar su nombre, vio una mancha. Pestañeó mil veces en vano, se frotó los ojos. Su nombre estaba pixelado.

¿Cómo no recordaríamos nuestro propio nombre? Parece extraño, pero tal vez no es difícil que suceda. Tal vez sea como quien no recuerda la contraseña de su computadora. ¿En qué lugar de nuestra memoria retenemos nuestro nombre? Ni siquiera sabemos cómo fue que lo aprendimos. 

Hay cosas que nuestra mente delega, por ejemplo, en nuestras manos. Nosotros no sabemos la contraseña de nuestra compu, la saben nuestras manos. Ni siquiera nuestras manos: nuestros dedos. Dejamos que ellos laburen por nosotros. 

Con el olvido de nuestro password, lo primero es desesperarse e intentar ingresarlo mil veces, en vano. Bueno, depende de la configuración. Puede ser tres o cuatro veces, hasta que la computadora termina bloqueándose. Lo mismo podría pasar con nuestra memoria. Es como sucede con cualquier palabra que tenemos en la punta de la lengua, que cuanto más la pensamos, más se nos escapa. Creíamos conocerla y ahora simplemente no está. Bueno, imaginemos lo mismo pero con el propio nombre. O con el nombre de este tipo que se despertó y ya no lo recordaba.

Primero se desesperó, claro. Pero volvamos a pensar en la pantalla de la compu bloqueada. Detrás de eso, detrás de lo negro de nuestra pantalla, está todo lo que teníamos que hacer ese día: los mails urgentes, las tareas laborales. También todo lo demás: Facebook, los portales de noticias, Google; esa realidad de la que nos ausentamos de a ratos, por ejemplo, a la noche cuando dormimos. Como el personaje de Kafka, nos quedamos ante la ley (afuera). Y ya no es necesario el guardián. Todo ese mundo, sin la contraseña a mano, queda detrás de lo negro. 

¿Qué pasa cuando uno se queda afuera de lo virtual? Luego de la desesperación, quizá, en una de esas, sobreviene un desprendimiento. Uno simplemente se levanta de la silla, se rasca un poco la cabeza, agarra las llaves y sale a la calle. Impotente. Perdido. Como liberado.

***

El tipo sin nombre entonces salió a la calle y le pareció más ancha, o más profunda, o más leve. Sintió que podía decirle cualquier cosa a cualquier persona, y que estaría bien, o que no pasaría nada malo. Sabía que era absurdo, pero se sintió impune, como en un sueño dirigido y consciente. Era todo igual, todo, pero el nombre de pila, la contraseña de lo real, estaba faltando: Forgot your password?

Podría haber dado rienda suelta a sus fantasías ahora que no tenía nombre, pero no hizo nada raro en la calle. Eso sí, podría haber ido a trabajar; no es que se hubiese despertado convertido en cucaracha. Pero ahora un extraño pudor lo retuvo en la calle, un pudor que sólo podría darte el no saber cómo te llamás.

Siguió paseando. Tal vez, despejando la mente, el nombre sobrevendría de golpe, como cuando nos olvidamos una palabra cualquiera y después aparece sin que se la llame. O tal vez no. De todos modos, este tipo, ahora que no tenía nombre, no tenía mucho para hacer. 

En eso estaba cuando su celular sonó. Y habló una voz caribeña:

—Buenos días, ¿el señor Sebastián? Nos comunicamos de Personal. Queríamos comunicarle que ya puede ir a retirar el equipo.
—¿El equipo?
—Sí, ya puede retirarlo. Servicio técnico ha solucionado el desperfecto. El señor Sebastián nos ha dejado este número alternativo para contactarlo. ¿No es usted el señor Sebastián?

Sabía que el 99,9% de su memoria no fallaba. No tenía ningún celular reparado que ir a retirar. Pero tampoco tenía un nombre. Y ahí estaban ofreciéndole uno.

Sintió como si desde un gigantesco call center escondido en algún lugar remoto del norte de Sudamérica, una selva quizás, solidarios comandos revolucionarios hubiesen tomado nota de su problema y se hubiesen puesto manos a la obra. Cedió a la fantasía. Esa lejanía lo animó. Cualquier posibilidad de recibir un posterior reclamo quedaba lejos, era tan improbable como aquellos altruistas Comandos Revolucionarios Contra el Olvido. 

—Ah, sí, soy yo, ¡disculpame! No te oía bien. Decime.

Ahora tenía una misión. La voz revolucionaria le dio la dirección a la que tenía que ir. No pudo anotarla porque estaba en la calle, pero no fue necesario. Pudo retenerla en la memoria con facilidad. 

20 de mayo de 2016

Territorio

La primera persona a la que le pregunté fue a un viejo, uno de esos que siempre tienen las manos engrasadas y usan musculosa en los veranos, metida dentro del pantalón. Yo conocía algo de su idioma por mi viejo y por mi abuelo, oriundos de por ahí. Recuerdo el tupido bigote del hombre, que seguía en forma de barba dispersa por los cachetes, y que contrastaba con su avanzada calvicie.

“No sé”, me respondió, parando de barrer y secándose el sudor de la frente con un antebrazo. Tenía los hombros rojos por el sol mediterráneo. “Hace mucho que nadie pide ir para ahí”.

—¿Pero cómo? ¿Usted es de aquí y no sabe cómo llegar hasta allá?
—No sé. Nunca lo supe.

Después seguí preguntando a otras personas, pero algo de ese viejo me quedó dando vueltas. Desde el principio me inquietó, impresión que terminé de redondear al oír su última frase: “Nunca lo supe”. ¿Qué era esa forma de responder? Si a uno le preguntan la manera de llegar a cualquier lugar, responde que no sabe y punto: no sé, disculpe. Así me respondieron los que me encontré después, sentados en los bancos de la plaza o en la poca sombra de cualquier umbral. ¿Por qué el viejo sintió la necesidad de usar esa expresión que abarcaba exactamente toda su vida? (Es que estaba claro que ese viejo era de ahí: los viejos en musculosa son siempre del lugar donde uno los encuentra, o tal vez han venido allí de muy chicos y entonces es lo mismo, o casi). 

Nunca lo supe. Yo creo que en esa manera de responder había un arrepentimiento, o una simple tristeza. Casi como quien dice "Nunca vi el mar". Lo quisiese o no, la frase de ese viejo transpirado se me quedó pegoteada entre los dedos. Más que nunca quería llegar a mi destino.

¿Pero cómo? Si nadie sabía cómo llegar. Empecé a pensar si era necesario cumplir fuese como fuese con los objetivos de mi viaje. ¿Y qué destino? La ciudad existía, claro. Yo guardaba una foto que mi abuelo había sacado ahí, y además la gente de ese pueblo, aunque ignoraba el camino, no me negaba la existencia del lugar. Lo daban por hecho; el problema era que no tenían respuesta. ¿Y qué clase de destino es ese cuya ruta nadie conoce? Un destino sin camino no sé si es tal cosa. ¿No pasa a ser una cosa difusa, una flor cortada, un consuelo tonto? Algo así como el deseo de un banquete o de un amanecer que surge en quien está preso y a punto de ser ejecutado.

Sin embargo, era demasiado tarde para andarme con planteos existenciales. Había llegado hasta ahí y, si volvía, iba a sentirme triste. Además me moría de calor y lo primero era encontrar agua. Seguiría entonces la búsqueda. Había entre la ciudad y mi situación de entonces una nube espesa. Ahí mismo, en la situación, yo construiría un mapa, o sea, un territorio. Y ya no importaría la ciudad. 

A los nuevos viajeros perdidos que también buscasen la bendita ciudad, los viejos en musculosa les dirían que no sabían dónde quedaba, pero que en cambio conocían un territorio. “No sé”, diría el viejo parando de barrer, manos grises, molesto por el sol del mediodía. “Nunca lo supe. Pero en cambio, sé de un territorio al que podés ir. Yo cada tanto voy”.

Y así el viejo de mi historia estaría mejor. 

26 de abril de 2016

Y resulta que la bohemia era un trabajo


En algunos pasajes de París era una fiesta, Hemingway nos toma el pelo. Por ejemplo, cuando narra la rutina de una típica mañana suya de su vida en París. Allí describe cómo se levanta temprano en las mañanas de primavera y se pone a escribir, mientras escucha o ve al cabrero tocar la flauta y andar con sus cabras por la calle (estamos en los años 20) y a su vecina bajar al encuentro del buen hombre con un jarro. Su mujer aún duerme plácidamente. No nos cuesta imaginárnoslo respirando hondo el fresco aire matinal y poniéndose manos a la obra, inspirado. Para colmo está en París. La escena es idílica y contrasta enormemente (pero le creemos) con el infierno que había sido Europa unos años atrás.

Mientras la ciudad se despierta y las cosas suceden (el cabrero, la vecina, su mujer... "la vida misma", se diría), Hemingway escribe. Y eso es lo que en realidad nos cuenta: que escribe. Esa es su astucia, su estafa literaria. Se explaya narrándonos que escribe, ¿y lo importante acaso no sería lo que escribe? ¿Los cuentos o la novela que tiene entre manos en esa época? No parece. Su prepotencia de trabajo demuestra que no. Hemingway le saca así un doble rédito a su actividad, ya que después también va a escribir sobre eso. Opera así como tantos que narran las vicisitudes de su escritura, pero lo que en otros escritores es reflexión tortuosa y metaliteratura, en Hemingway es anécdota, brillo propio, vida. Al escribir sobre el escribir, se convierte en una especie de escritor inversionista de éxito, en alguien que hace rendir al máximo su inversión de tiempo e ingenio. Al fin y al cabo, era norteamericano. 

Hemingway le llama trabajo al acto de la escritura. No dice, como otros escritores, mi obra o mi literatura. Dice mi trabajo. Un escritor que produce. 

***

Por otro lado, Hemingway también nos toma el pelo con el tono general de ese libro, que nos habla de tardes apacibles, ligereza y dormir de noche con las ventanas abiertas de par en par, todo eso en una ciudad donde llueve la mitad de los días y más de la mitad del año es invierno. Pero poco importa si de lo que se trata es de sentirnos seducidos como lectores. Leemos a Hemingway y sus aventuras autobiográficas, y nos respondemos en silencio una pregunta que nunca se nos formuló: “Claro, Ernest, te sigo adonde sea”. 

Es que Hemingway atrapa hasta con su apellido, en rigor su última sílaba, que en inglés significa “dirección”, “camino”. Su libro es una autopista bien iluminada y señalizada. En su ensayo-conferencia París no se acaba nunca, Enrique Vila-Matas capta este tipo de astucias del escritor norteamericano, y con conocimiento de causa, porque él vivió en carne propia la seducción. Ya de grande, el catalán nos cuenta que de pibe leyó a Hemingway y entonces también se fue a vivir a París, que él también quiso ser joven y ser Hemingway, y largarse al hábito de la escritura en una humilde buhardilla de la capital francesa. 

Como el despistado Gil Pender en Midnight in Paris, Vila-Matas va a buscar la inspiración a la Ciudad Luz. Sin embargo, todo le sale simétricamente mal con respecto a París era una fiesta. La autopista se convierte en una sórdida callejuela parisina. Lo que en Hemingway es humilde, en Vila-Matas es miserable. Lo que en el joven Ernest es un inconveniente de la vida cotidiana, en el joven Enrique es desesperación existencial. En su estadía en la buhardilla de la casa de Marguerite Duras, no siente que está escribiendo nada bueno, no entiende los consejos literarios de la dueña de casa, no tiene éxito con las mujeres. Y se caga de frío, como corresponde. 

Vila-Matas se construye así como el anti-Hemingway. Pero de todos modos se construye. Y en esto es tan astuto como su colega norteamericano: narra sus desventuras como escritor y entonces también escribe dos veces. Hace lo más básico del mundo: narrarse a sí mismo. Y uno puede pensar que no hay en esto monotonía ni pereza creativa. Hay una especie de autoafirmación atrapa-lectores, un honesto despliegue de sí mismo que ya no es posible evitar. Uno se deja llevar. Una autopista bien iluminada, de nuevo.

Fabián Casas, un escritor que dice no tener imaginación, cuenta que Heidegger decía: “Ser original es querer”. Y uno podría pensar entonces que ser original es escribir. O trabajar.

15 de abril de 2016

Pequeñas historias de viejos fantásticos


I. Quedate tranquilo, nene

Termina mi sesión de kinesiología y, antes de salir del consultorio, la secretaria me da las llaves del edificio para abrir abajo: “Y le das las llaves al paciente que está esperando para subir”. 

Obedezco y me dispongo a tomar el ascensor, pero no estoy solo. Dos señoras también salen del departamento y van a viajar conmigo. El ascensor llega. Tras comprender que cabemos los tres en un ascensor, una de ellas comenta, sin mucho sentido:

—Qué bueno. Todo armadito.

Le sonrío (o sonrío en general) y dejo pasar a ambas primero. Aprieto planta baja. Pero algo sucede. El ascensor llega a destino y sigue bajando. No se detiene. Miro a las señoras: no dicen nada. Empiezo a incomodarme y empieza a hacer frío. Seguimos bajando durante segundos, o minutos, qué se yo. Las señoras van abrigadas y huelen a naftalina. Finalmente, al percibir mi incomodidad, una de las señoras me hace un comentario, liberando su mal aliento como mil perros de caza que se avalanzaran sobre mí:

—Las cuerdas las corté yo. Pero quedate tranquilo, nene. Al fondo no vamos a llegar nunca.


II. Feliz cumple, abu

Estamos cenando en un buen bodegón. Como una amiga se va del país, el mozo le trae de postre un flan con una velita a modo de cortesía de la casa. En la mesa de al lado, un señor mayor es testigo de la situación, y le pregunta:

—¿Es tu cumpleaños? 
—No, me voy del país.
—Ah… Porque hoy es mi cumpleaños.

Entonces el pedido es unánime: el mozo tiene que traerle un flan con velita al viejo también, y al cabo de unos minutos, buena parte del restaurante está cantándole el feliz cumpleaños. El señor está contento, sonríe mirando la velita. Sus dos amigas, o familiares, aplauden, y yo aprovecho para sacarle una foto. Es un niño-viejo, un pibito arrugado que ya ha hecho todo el recorrido y es como si volviera al comienzo. Mira su improvisada torta de cumpleaños y sonríe.

Cuando llego a mi casa, tengo una idea loca: subir la foto del señor a mi Facebook. Y con un epígrafe que me causa gracia:

“Feliz cumple, abu”

Lo hago y, al cabo de un rato, recibo bastantes likes. Una amiga me chatea por inbox y me pregunta: “Es tu abuelo Ale? Pensaba que tus abuelos habían fallecido!”.

A la tarde siguiente, es otro de esos días en que Buenos Aires parece una bola húmeda y gris, un monstruo nublado que se mueve con lentitud por el cosmos. Hace como una semana que no vemos el sol, y yo estoy en mi departamento cuando me tocan el timbre. Pregunto y no contesta nadie. Sin saber bien por qué, abro.  Es el viejo.

No nos decimos nada, pero comprendemos. Tomo un abrigo y bajamos en el ascensor. Caminamos unas cuadras hasta el parque desierto, y nos sentamos en un banco. Le invito unas garrapiñadas y comemos en silencio. De repente lo miro de perfil y está concentrado, mirando a un nene que, a pesar del mal clima, se hamaca con entusiasmo. 

Apoyo mi mano sobre su hombro. Le digo: “Abu”, pero no contesta. Mi abuelo sigue con la mirada fija en el nene, pero perdida. Sus ojos también son parte de la garúa. 

10 de mayo de 2015

Frío de otoño


[Continuación de "Lluvia de otoño"]

El momento en que se despierta, cinco minutos antes de que suene el despertador, siente frío por primera vez. Son los primeros días de mayo, y le sucede en el hombro izquierdo. Claro que “por primera vez” es un decir, pero es que el verano en la ciudad fue infinito. Se trata de un frío nada imperial, nada arrasador como lo fue antes el calor de enero. El verano fue un ejército. Y este frío es una guerrilla. Es un frio localizado, inaugural, y se apodera del hombro que quedó al descubierto durante la noche. Es apenas embrionario, pero alcanza para despertarlo. La dignidad de este frío es que logra objetivos.

Además la cama se calienta más lentamente desde que ella no duerme ahí. Lo descubre sin nostalgia, sin pompa, como haciendo meteorología casera. Incluso hubo espacios del colchón que permanecieron fríos toda la noche: es un dato, una novedad. Lo supo su pierna exploradora y se lo comunicó. Todo esto lo va a obligar, piensa, a dormir este invierno con pantalones, o con calefacción.

¿Así es la tragicomedia de los hombres separados? ¿Cuántos rituales de este tipo deberá celebrar? Se siente en una canción de Iván Noble. Aquí viene un ritual más: se acerca al casi ventanal y bostezando, sin ponerse los pantalones, sin ponerse los anteojos, abre los pestillos y entra la luz. O el frío. El gato duerme sobre el sillón; inhala y exhala como si al sillón le hubiera salido un chichón peludo y exagerado. Lo ve y lo acaricia. Pero la hipermetropía de sus ojos le hace creer en la realidad del chichón.

Por la ventana, al mando de una luz dócil, a expensas de esa luz, entra el primer aire frío. La luz es su excusa, su pasaporte. Meses esperó ahí afuera, seguro de su victoria final. Y la luz es una luz ya de mayo. Acaricia: esa es su dignidad. Tal vez, la mejor dignidad que pueda tener una luz.

Al respirar el aire nuevo, hay algo en ese aire que le hace pensar que la respuesta a su mensaje no va a llegarle nunca. ¿Es el frío o la luz? De repente decide, como si esa decisión fuera a cambiarle la vida, no ponerse los anteojos. Recorre el living. Se pone nervioso porque descubre que no puede hacer nada. No puede usar la computadora, leer, escribir en el celular. Apenas podría cocinar. Le alcanza para ir a calentar el agua para el mate en la cocina.

Sólo puede ver de lejos, por la ventana. Lo inmediato no lo distrae, pero se distrae en la forma de una nube blanca. La realidad está hecha de dos mitades, pero una tapa a la otra. Lo lejos y lo cerca. La luz y el frio. El gato y el chichón. El amor y esto. One train may hide another, leyó una vez en un poema. Dice el poema que ese es el aviso para los peatones en un cruce de vías en Kenia. La bendita precaución de tener todo en cuenta. Ver sólo un aspecto es morir aplastado, o vivir aplastado, por un tren o por lo que sea.

Nunca se sabe si es el frío o la luz lo que entra por la ventana. Él amaga con ir a buscar los anteojos. El gato se despierta y lo mira desde el sillón, como queriendo decirle algo. Mientras tanto, en la cocina, hierve la pava que no tenía que hervir.


17 de abril de 2015

Lluvia de otoño


[Continuación de "Luz de otoño"]

Sopla mucho el viento en abril. Hace por lo menos dos o tres noches que viene soplando así, prometiendo una lluvia que no llega. Pero esta noche es distinta, esta noche sí, claro que va a llover. Por eso agarra una botella de vino y una copa, saca la reposera al patio, se sienta y espera.

Hace ya varios días que está viviendo en la casa de sus padres, en un barrio hacia el sur de la ciudad. Se puso contenta al reencontrarse con su perro Giles. Se divirtió al repasar la biblioteca que había dejado allí congelada, unos diez años atrás, antes de mudarse con él. Era como viajar en el tiempo: Nietzsche, Kafka, Sartre, Cortázar, Galeano. Tomó un libro del uruguayo: abrió una página con una frase subrayada con birome por él.

Ahora el color del cielo del patio abandona los matices y se va poniendo monótono, gris rosado. Él tenía la costumbre de subrayar los libros de ella con birome azul, tal vez un poco para provocarla, o tal vez para generar un vínculo, una ilusión de duración. La birome no se borra fácil. Pero eso fue hace mucho. Ahora ella pone un viejo recital de Soda Stereo y espera la lluvia.

—¡Giles, vení!

Giles. Cuando era cachorro, a su viejo perro le había puesto “Giles”. La etimología tenía que ver con Gilles Deleuze, el de los rizomas oscuros y bonitos. Pero ella insistía en el hecho de que era un nombre en plural, "Giles", y le gustaba exagerar, a lo argentino, la fonética de la “g”. Era extraño, claro, llamar a un ser vivo en plural. Ella decía que era su modesta y canina lucha contra la ilusión de la identidad.

Oh, mi corazón se vuelve delator
traicionándome


Cada vez más viento. Se acuerda de la última pelea. Ella suele hablar dormida, se le escapan las palabras. Una vez reveló un nombre, y esa vez él no dormía y escuchó.

Ese recuerdo la pincha: se tiene que parar, moverse un poco. “¡Oh, mi colchón se vuelve delator!”. Está borracha, se ríe y le canta al cielo de abril. Pero parada, siente el mareo. Se sienta de nuevo en la reposera. Acaricia al viejo Giles y, como puede, escribe por Whatsapp:

—Está por llover acá. Me estoy separando.

El uso del gerundio deja pensando al destinatario, que es precisamente el dueño de aquel nombre. ¿Separarse es un proceso? ¿No era un simple punto en el espacio-tiempo? Es como los que dicen “Me estoy muriendo”. Imagina dos ravioles rebeldes, que hay que ir separando de a poco. Imagina, o recuerda, ese proceso de reproducción celular que le hacían dibujar en la secundaria. Cree que se llamaba “mitosis”.

Rizomas, mitosis. Volvemos entonces a ella. El vino tinto la dispersa y, acariciando a Giles, piensa en los rizomas y en la importancia ridícula e innegable que tiene la biología, pero de repente la interrumpe un nuevo mensaje. No es el anterior destinatario de nombre trágico, que sigue pensando en la extraña frase, sino la otra parte de aquel proceso biológico de la secundaria:

—Creo que nunca me voy a olvidar del todo de vos. No me respondas, pero quería que lo supieras.

Ella se queda mirando fijo la pantalla del celular, hasta que empieza a mojársele. Al fin empieza a llover. Entonces pliega la reposera y, como puede, se vuelve a meter en la casa. En el apuro por no empaparse, olvida la botella de vino afuera. De todos modos, está casi vacía.

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14 de abril de 2015

Desparramada


Y no sabes si detenerte o llover,
y parada sobre el mundo a tus pies
Fito Páez, Tus regalos deberían de llegar


El mundo es un sitio inmenso, pensás, y en el centro del parque del Retiro, de repente, el recuerdo de un patio. O deberías pensar vivencia. En el patio es el verano de la otra ciudad, es la inminencia del atardecer y sus voces y sus agobios dulces, y el calor es compacto y es como un bloque de humedad que calza a la perfección en el patio del claustro. De fondo, el sonido de un canto gregoriano, que inesperadamente te mece. El patio es el centro inmóvil de una ciudad en espiral, derramada, sin cartografía que le haga justicia. Ciudad de bares, de cables, de golpes, de goles, de flores. 

12 de marzo de 2015

Luz de otoño


Intenta encender el cigarrillo, pero no puede. La ventana del departamento es grande y antigua, casi ventanal. Le gusta mirar desde su sillón para afuera, para la calle, cuando quiere vaciar la mente; es algo así como sacar a la calle la basura cuando el cubo se llena. Ya es la tarde. Escucha los ruidos de su mujer. Pasos que van y vienen en el dormitorio. Sobre la mesa del living, las tazas no recogidas del desayuno. Mientras tanto, el gato disputa con él, desde abajo, como siempre, su lugar en el sillón. 

El cigarrillo no se enciende. No se pregunta el por qué: ni de eso, ni del gato ni de nada, pero en cambio mira las fotos de las paredes del living. Se ve sonriendo junto a ella en Nueva Delhi, Nueva York, Budapest, Hong Kong. Habían decidido viajar sólo a ciudades de nombres compuestos en la época en que estudiaban Letras y se habían enamorado. Antes, cada uno por su lado, ya habían recorrido las de los nombres simples: París, Madrid, Londres, Roma, Berlín. Les gustaba explicar a los amigos el caso especial de Budapest, que en efecto eran dos ciudades en una. Y les parecía natural y bonito que su departamento se encontrara en Buenos Aires, otro nombre compuesto. Creían que ellos mismos hacían un nombre compuesto, que hacían otra Budapest. 

y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra, tienen anotado en uno de los cientos de papeles con frases que pegaron por toda la casa.

Su mujer sigue moviéndose y su gato prosigue el asedio de su sillón. Él lo agarra pacientemente cada vez, se levanta y lo pone en cualquier parte, lejos. Sobre las tazas de la mesa, palabras que todavía sobrevuelan. Afuera es marzo y el calor todavía abrasa, pero son casi las 3 de la tarde y ya se empieza a notar una luz distinta a la de febrero. La primera luz de otoño. Él la mira a través del casi ventanal. Su gato empieza a arañarle los pantalones. Ve a su mujer pasar. Le pregunta qué hace. Ella no responde. La ve transportar pares de medias, frasquitos, un tapado. El mismo tapado que lleva puesto en la foto de Hong Kong.

Su mujer va y viene en silencio, el gato también. El encendedor se resiste, el gato también. Él piensa que la luz del otoño es más opaca y más intensa. Más fotogénica. Es una luz que hace ver al mundo más neto. De repente recuerda que una vez, paseando por Budapest, un fotógrafo polaco intentó explicarles los misterios de la luz.

Su mujer vuelve a aparecer, esta vez para agacharse y saludar al gato. Al lado suyo hay una valija.

—Me voy —le dice, como quien dice "Llueve".

Ella agarra la valija. La misma que llevaron a Nueva York. Él no la ve irse, pero tira con fuerza el encendedor al piso. El gato entonces se esconde. Afuera es un día radiante en Buenos Aires.

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17 de febrero de 2015

Niebla


¿Qué es la "niebla"? Repetir la palabra en voz alta sirve. Tiene la fonética de una negación: ni-ebla. Lo primero que niega la niebla es el diptongo escolar. Después los árboles, los postes de luz, el edificio que todos los días tenemos enfrente y el día de niebla no. Un amigo recién me pasa esto: "Un camionero testigo de los vuelos de la muerte declaró que le preguntó a un militar sobre el destino de los cadáveres que traía, y este contestó: 'Van a la niebla de ninguna parte'". Un militar que, tal vez a su pesar, se recibió de poeta. La frase es tan genial que me cuesta creer que existió. Siempre según la fonética, "ir a la niebla" es ir hacia la negación: una primera desaparición. Pero si encima vamos a la de "ninguna parte", la negación es doble y la desaparición también. Vamos a la nada de la nada. La represión militar argentina no necesitaba de poetas como este, pero sí de negar dos veces (con una no alcanzaba). A todo esto, "Noche y niebla" (Nacht und Nebel) era una ordenanza de los nazis para eliminar opositores. En las películas de terror de nuestra infancia, en los cementerios siempre era de noche. Y siempre sus tumbas estaban cubiertas de niebla. Pese a lo terrorífico, esa al menos es la muerte normal: la niebla de alguna parte, no la del Río de la Plata y sus viejos vuelos en avión. ¿Y la del Riachuelo? En la letra del tango "Niebla del Riachuelo", los barcos amarrados, que sueñan con el mar, no van a volver a zarpar. Ahí se quedan. La niebla siempre es la pesadilla de los aeropuertos y las autopistas: de sus pasajeros, especialmente. Sea de ninguna parte o de alguna, parecería que la niebla es lo inmóvil.

11 de noviembre de 2014

El Conejo Falopa

Ilustraciones de Franco Prigioni.

I


Esta es tu historia, Conejo. Después de la siesta, al fin te levantás. "Conejo falopa", te baten por ahí. "Bello durmiente", te piropean otros, los feos que se jactan de no dormir. Y en verdad ha sido un letargo de años. Creciste en los noventa, entre jueguitos de Sega, donuts y capítulos de Amigovios. Creciste así, con los tuyos, tranqui, a lo falopa. Un verano que no viajaron a Brasil te llevaron a Mar del Sur. Sonaba Green Day mientras le vaciabas un tubo de Rey Momo en la cabeza a la chica que te gustaba. Te llevaron a Mar del Sur, Cone, pero te dejaron ahí tirado, con tu remerita Rip Curl y tus shorcitos de Miami que habían sido furor. Mamá Coneja se te fue. Y el tiempo borró tu brillo y tu anhelo. No hubo más zanahorias, Cone... quizás nunca las hubo. Se fueron los tuyos y no volvieron. Se sucedieron los veranos y los inviernos; el 1 a 1, las crisis, diciembre 2001, los años K. Y vos te quedaste ahí, bien falopa, pegado al paredón del Mar del Sur. Conociste los inviernos de verdad, los de allá. Te dieron igual los fugaces veranos. Preferiste no entender, no moverte. Spinetta cantó "No sigas siempre en la pared, no tiene caso", quizá para que vos escuches, y no lo escuchaste. Pero hoy es distinto. Congelado y anacrónico, Walt Disney noventoso, hoy salís de tu letargo. Levántate y anda, Conejo. The world is yours.

II


Me está costando escribir sobre el Conejo. Contar su vida, definir sus impresiones y vivencias, sería decir verdades, totalidades que no tengo a mano. La verdad acaso sean estas fotos que nos manda. Acaso la verdad sea esa inmunda hamburguesa después de pasarte 20 años de humedad y hormigas que te caminan por los ojos. ¿Cómo son las patitas de las hormigas cuando te caminan por los ojos, Cone? ¿Qué se siente cuando pasa algún niño o algún borracho y te mea la pierna? No importa, no respondas. No puedo contar tu vida ni quiero que me la cuentes. Sólo vivirte como incógnita siempre abierta, ahora que dejaste la pared. Las revelaciones a las que podemos acceder cierto tipo de humanos son modestas. Y tienen sus propios ciclos y plazos. El 9 de julio de 2013 llovía y yo me moría de frío en más de un sentido. Ese día, no otro, descubrí que Spinetta cantaba: "No sigas siempre en la pared, tan fría está". Ese hijo de puta cantaba lo que yo necesitaba escuchar. Año y pico después, estando en Miramar, les rompo las bolas a mis amigos para ir a Mar del Sur. Es entonces que vemos al Conejo en su pared. Tal vez él vio que lo vimos, y entonces se dio cuenta de que al fin era amado. Y que tenía que dejar la pared. Tal vez la frase de Spinetta lo lleva a uno a Mar del Sur a sacar conejos de sus paredes, a darles el empujoncito. Quién sabe.

22 de octubre de 2014

Un ritmo para el pianista Krzystof


La ilustración pertenece a mi amigo Emanuel Pascual: 
http://emanuelpascual.blogspot.com.ar

Una tarde de septiembre de 1939, cuando la marcha altisonante y triunfal de las tropas extranjeras ganaba las calles de Varsovia, un niño polaco imaginó un piano, y conoció la música, y supo amar por primera vez. Su tía (o tal vez era su madre, da igual), desde la cima de su estatura módica pero adulta, observaba el desfile parada en la vereda junto a su sobrino. Tac, tac, tac: como el arrullo del mar, el sonido de las botas parecía sostenerse por sí mismo y no necesitar de nadie, ni siquiera de Dios. Krzystof se agarraba de la falda de su tía y, por ser apenas un niño petiso, no podía saber del desfile que ocurría en la calzada. No veía: imaginaba, sí, un piano. De todos modos, la tía (o la madre), toda una estatua del espanto, se afanaba en el gesto inútil de taparle los ojos al niño. Como si en realidad quisiera tapárselos a sí misma. 

A todo esto, noten la importancia de los detalles en las vidas de las personas: si en lugar de los ojos, la pobre tía le hubiese tapado los oídos, las cosas para Krzystof habrían sido distintas.

Luego del piano, Krzystof imaginó unos dedos, y finalmente al pianista de esos dedos. A los 4 años, Krzystof no podía saber en qué consistía ser un pianista, pero su intuición no falló: lo imaginó flaco y pálido, se diría traslúcido. La marcha acompasada continuaba sobre Varsovia, mientras altavoces insensatos se subían al vomitivo púlpito de la guerra. Tac, tac, tac. Algo hubo en ese ritmo que sedujo a Krzystof. Pero es cierto —lo deducimos de los hechos posteriores de su biografía— que también sintió que algo le faltaba a ese ritmo. Tac, tac, tac. Por eso imaginó, por encima de las notas insomnes de las botas extranjeras, el discurrir un tanto más caótico de un piano. Pero no es justo decir que era por encima: era a través. Más caótico y quizá también más vital, y por eso más débil y dependiente de algún dios enorme y piadoso, pero de prerrogativas limitadas.

Y que no se nos olvide el otro costado de esta vida única y ordinaria. Esa tarde de 1939, pegoteado a la falda de su tía, el niño Krzystof también intuyó —palpó— que el amor no sería para él una forma de la expansión, sino del repliegue. Mientras las tropas extranjeras amaban avanzando, amaban arrasando, Krzystof intuyó que los ritmos del amor, los de su amor al menos, solamente crecían en ese mundito cálido y afelpado, ese cielo negro y nublado, siempre nublado por las manos de la tía. Ese mundito era pequeño y débil quizá, pero a cien millones de años luz de la incertidumbre.

Las manos de la tía eran nubes que no llovían nunca. 

Tac, tac, tac: este era el ruido de la gran batalla del cosmos, el ruido del amor de los otros. Pero los ritmos de la batalla de este pequeño relato —que se ocupa del mundito de Krzystof, ténganlo en cuenta, y se olvida del otro cosmos— se librarían en un piano. Primero, en el de aquel pianista lejano y traslúcido. Como Krzystof sumó el otro hábito de oír la radio que escuchaba la tía, empezó a saber más cosas de afuera, y lo imaginó al pianista más desdichado entonces, del otro lado de la ciudad. Él sólo tenía que correr si sonaba la sirena; al otro su tapado le quedaba cada vez más holgado. Y por eso Krzystof decidió sostenerlo en la imaginación mientras viviese, mientras a él no le cayese una pared encima y las manos de la tía no pudiesen volver a construirla ni frenarla. Que siga ese tipo flaco y blando, que salte entre los arcoíris de todas las bombas.

Las explosiones, ese otro ritmo del Este. Del cielo cae la lluvia del enero aterido de Varsovia, y el aire puro después de la lluvia, y también las bombas, y también la luz. 

El azar de la reproducción humana en Polonia quiso que Krzystof tuviera determinado apellido y no otro. Y entonces vivió. Y lo sostuvo al otro. Años más tarde, porque cada tanto la realidad es un despliegue de lo que una antigua niñez entrevió, Krzystof vio al famoso pianista polaco en un concierto, y lo escuchó en la radio. Su amigo especial era ahora real, mientras él, en la escuela y más tarde en el conservatorio, iba haciéndose también pianista.

Y también, ya de adolescente, se empeñaba una y otra vez, con raro éxito, en el intento de la conquista. Como amante, el joven Krzystof buscó torpemente copiar el ritmo de las tropas extranjeras de aquel septiembre de 1939. También, como otros de su condición, repitió sin intención y sin cansarse el otro gesto, el de encontrar ese mundito afelpado dentro de las calles arrasadas de cualquier ciudad. 

Amó como pudo. Pasaron en la vida de Krzystof cientos de conciertos y dos esposas. No es lugar este para una crónica o biografía no autorizada, pero sí queríamos dejar constancia de un ritmo, un ritmo particular y autónomo como el de las olas que golpean cualquier peñasco. Si Krzystof logró o no redimir el ruido de las botas —algo le faltaba a ese ritmo—, los dichosos oídos que escucharon al pianista, y no nosotros, sabrán decirlo. 

El pianista imaginado por Krzystof fue también imaginado por miles de pantallas, y murió en el 2000. Unos años más duró en la vida nuestro ya maduro protagonista. En el epílogo del músico, el eletrocardiógrafo marcaba el ritmo de su corazón. Hacia el final, su última mujer, vieja y traslúcida, entonces lo abrazó, y con su mano tapó unos ojos que nuevamente no veían.


29 de agosto de 2014

Pacto entre escarabajos

Las ilustraciones pertenecen a mi amigo Emanuel Pascual: 
http://emanuelpascual.blogspot.com.ar

Cuando apenas es una chiquita con dientes de leche, Magui todavía no leyó a Kafka, pero ya sueña que tiene una amiga rata. La imagina gris, escuálida y estirada como una sombra: su cola mide dos veces el tamaño de su cuerpo y sus dientes son de la misma dimensión que sus orejas. Si bien suele meterse en el garaje, la rata vive afuera: es fuerte y sobrevive a las heladas de los inviernos. Por la noche, Magui escucha a la rata roer el musgo debajo de las escaleras de cemento del patio. En el garaje, también la escucha morder los viejos tarros blancos de pintura blanca, que su padre nunca tiró. Imagina que, una de esas noches, la rata se pegará al vidrio de la ventana de su cuarto, y le dirá algo. El secreto. El secreto de su soledad. 

Diez años después, Magui ya no tiene los dientes de leche y conoce a Francisco, quien sí leyó a Kafka y se lo da a conocer. Se enamoran. Y es la rata quien una noche aparece y mata a Francisco, clavándole los dientes en el cuello. El cuello de Francisco es blanco como la pintura del papá de Magui. Los dientes de la rata no son de leche.  


¿Cuál es el secreto de la rata, que nunca supo o quiso verbalizar? Kafka quizás conozca ese secreto. Al menos es lo que podemos deducir de las historias que narró. Kafka verbaliza el secreto mil veces susurrado por el ruido de los dientes de la rata de Magui. El secreto empieza así: afirma que existe el alma. Su sustancia es el tiempo. Y el tiempo es un laberinto. 

Pero si el tiempo es eso, entonces, hermosa paradoja, el tiempo no existe: porque no es avance, porque es laberinto. La rata sí existe. Pasan los años aparentes, las búsquedas, los mojones que se reflejan en el camino: la rata permanece impertérrita; la rata niega el tiempo y teje un laberinto en su lugar. Pero negándolo, ocupando su lugar, la rata es tiempo. Llámenla “tiempo”, “proceso” o “castillo”: de todas formas, siempre volverá, siempre negará los pasos del héroe, siempre morderá la yugular del amor de quien la desafía.

Nunca lo sabremos, pero Francisco quizás conocía el secreto de Kafka; quizás la rata, un segundo antes de chuparle la sangre, le susurra al oído la terrible verdad.

Pensándolo más en criollo, diríamos que el secreto del tiempo es que no va a hacer nada por salvarnos, por remediar nuestra soledad. Kafka lo sabe, lo escribe en cientos de páginas. Hacia el final de su vida, como la rata de Magui, pretende callarlo, y amaga con irse para siempre con su verdad, como Francisco. Pero no: antes de morir, Kafka se lo susurra a un amigo. Le deja todo lo que supo sobre aquel secreto. Max Brod es ese amigo de Kafka. También, como la rata para Magui, es el espejo de su soledad.

Una soledad que Kafka también imagina bajo la forma de un escarabajo. El secreto pasa de manos, con la orden de ser destruido, pero a la vez hay en ese pase una cierta esperanza. Un hilo tendido en el laberinto. ¿Para qué, si no, pasar de manos lo que debe (y podría) ser destruido ya? 


Así, en silencio, quizá, se urdan los mejores pactos. Un pacto entre escarabajos es el módico desafío que la literatura sabe hacerle a la soledad.

Mientras las personas sigamos imaginando ratas o escarabajos, tal vez Kafka perdurará como uno de los más sabios entre nosotros.