22 de octubre de 2014

Un ritmo para el pianista Krzystof


La ilustración pertenece a mi amigo Emanuel Pascual: 
http://emanuelpascual.blogspot.com.ar

Una tarde de septiembre de 1939, cuando la marcha altisonante y triunfal de las tropas extranjeras ganaba las calles de Varsovia, un niño polaco imaginó un piano, y conoció la música, y supo amar por primera vez. Su tía (o tal vez era su madre, da igual), desde la cima de su estatura módica pero adulta, observaba el desfile parada en la vereda junto a su sobrino. Tac, tac, tac: como el arrullo del mar, el sonido de las botas parecía sostenerse por sí mismo y no necesitar de nadie, ni siquiera de Dios. Krzystof se agarraba de la falda de su tía y, por ser apenas un niño petiso, no podía saber del desfile que ocurría en la calzada. No veía: imaginaba, sí, un piano. De todos modos, la tía (o la madre), toda una estatua del espanto, se afanaba en el gesto inútil de taparle los ojos al niño. Como si en realidad quisiera tapárselos a sí misma. 

A todo esto, noten la importancia de los detalles en las vidas de las personas: si en lugar de los ojos, la pobre tía le hubiese tapado los oídos, las cosas para Krzystof habrían sido distintas.

Luego del piano, Krzystof imaginó unos dedos, y finalmente al pianista de esos dedos. A los 4 años, Krzystof no podía saber en qué consistía ser un pianista, pero su intuición no falló: lo imaginó flaco y pálido, se diría traslúcido. La marcha acompasada continuaba sobre Varsovia, mientras altavoces insensatos se subían al vomitivo púlpito de la guerra. Tac, tac, tac. Algo hubo en ese ritmo que sedujo a Krzystof. Pero es cierto —lo deducimos de los hechos posteriores de su biografía— que también sintió que algo le faltaba a ese ritmo. Tac, tac, tac. Por eso imaginó, por encima de las notas insomnes de las botas extranjeras, el discurrir un tanto más caótico de un piano. Pero no es justo decir que era por encima: era a través. Más caótico y quizá también más vital, y por eso más débil y dependiente de algún dios enorme y piadoso, pero de prerrogativas limitadas.

Y que no se nos olvide el otro costado de esta vida única y ordinaria. Esa tarde de 1939, pegoteado a la falda de su tía, el niño Krzystof también intuyó —palpó— que el amor no sería para él una forma de la expansión, sino del repliegue. Mientras las tropas extranjeras amaban avanzando, amaban arrasando, Krzystof intuyó que los ritmos del amor, los de su amor al menos, solamente crecían en ese mundito cálido y afelpado, ese cielo negro y nublado, siempre nublado por las manos de la tía. Ese mundito era pequeño y débil quizá, pero a cien millones de años luz de la incertidumbre.

Las manos de la tía eran nubes que no llovían nunca. 

Tac, tac, tac: este era el ruido de la gran batalla del cosmos, el ruido del amor de los otros. Pero los ritmos de la batalla de este pequeño relato —que se ocupa del mundito de Krzystof, ténganlo en cuenta, y se olvida del otro cosmos— se librarían en un piano. Primero, en el de aquel pianista lejano y traslúcido. Como Krzystof sumó el otro hábito de oír la radio que escuchaba la tía, empezó a saber más cosas de afuera, y lo imaginó al pianista más desdichado entonces, del otro lado de la ciudad. Él sólo tenía que correr si sonaba la sirena; al otro su tapado le quedaba cada vez más holgado. Y por eso Krzystof decidió sostenerlo en la imaginación mientras viviese, mientras a él no le cayese una pared encima y las manos de la tía no pudiesen volver a construirla ni frenarla. Que siga ese tipo flaco y blando, que salte entre los arcoíris de todas las bombas.

Las explosiones, ese otro ritmo del Este. Del cielo cae la lluvia del enero aterido de Varsovia, y el aire puro después de la lluvia, y también las bombas, y también la luz. 

El azar de la reproducción humana en Polonia quiso que Krzystof tuviera determinado apellido y no otro. Y entonces vivió. Y lo sostuvo al otro. Años más tarde, porque cada tanto la realidad es un despliegue de lo que una antigua niñez entrevió, Krzystof vio al famoso pianista polaco en un concierto, y lo escuchó en la radio. Su amigo especial era ahora real, mientras él, en la escuela y más tarde en el conservatorio, iba haciéndose también pianista.

Y también, ya de adolescente, se empeñaba una y otra vez, con raro éxito, en el intento de la conquista. Como amante, el joven Krzystof buscó torpemente copiar el ritmo de las tropas extranjeras de aquel septiembre de 1939. También, como otros de su condición, repitió sin intención y sin cansarse el otro gesto, el de encontrar ese mundito afelpado dentro de las calles arrasadas de cualquier ciudad. 

Amó como pudo. Pasaron en la vida de Krzystof cientos de conciertos y dos esposas. No es lugar este para una crónica o biografía no autorizada, pero sí queríamos dejar constancia de un ritmo, un ritmo particular y autónomo como el de las olas que golpean cualquier peñasco. Si Krzystof logró o no redimir el ruido de las botas —algo le faltaba a ese ritmo—, los dichosos oídos que escucharon al pianista, y no nosotros, sabrán decirlo. 

El pianista imaginado por Krzystof fue también imaginado por miles de pantallas, y murió en el 2000. Unos años más duró en la vida nuestro ya maduro protagonista. En el epílogo del músico, el eletrocardiógrafo marcaba el ritmo de su corazón. Hacia el final, su última mujer, vieja y traslúcida, entonces lo abrazó, y con su mano tapó unos ojos que nuevamente no veían.


29 de agosto de 2014

Pacto entre escarabajos

Las ilustraciones pertenecen a mi amigo Emanuel Pascual: 
http://emanuelpascual.blogspot.com.ar

Cuando apenas es una chiquita con dientes de leche, Magui todavía no leyó a Kafka, pero ya sueña que tiene una amiga rata. La imagina gris, escuálida y estirada como una sombra: su cola mide dos veces el tamaño de su cuerpo y sus dientes son de la misma dimensión que sus orejas. Si bien suele meterse en el garaje, la rata vive afuera: es fuerte y sobrevive a las heladas de los inviernos. Por la noche, Magui escucha a la rata roer el musgo debajo de las escaleras de cemento del patio. En el garaje, también la escucha morder los viejos tarros blancos de pintura blanca, que su padre nunca tiró. Imagina que, una de esas noches, la rata se pegará al vidrio de la ventana de su cuarto, y le dirá algo. El secreto. El secreto de su soledad. 

Diez años después, Magui ya no tiene los dientes de leche y conoce a Francisco, quien sí leyó a Kafka y se lo da a conocer. Se enamoran. Y es la rata quien una noche aparece y mata a Francisco, clavándole los dientes en el cuello. El cuello de Francisco es blanco como la pintura del papá de Magui. Los dientes de la rata no son de leche.  


¿Cuál es el secreto de la rata, que nunca supo o quiso verbalizar? Kafka quizás conozca ese secreto. Al menos es lo que podemos deducir de las historias que narró. Kafka verbaliza el secreto mil veces susurrado por el ruido de los dientes de la rata de Magui. El secreto empieza así: afirma que existe el alma. Su sustancia es el tiempo. Y el tiempo es un laberinto. 

Pero si el tiempo es eso, entonces, hermosa paradoja, el tiempo no existe: porque no es avance, porque es laberinto. La rata sí existe. Pasan los años aparentes, las búsquedas, los mojones que se reflejan en el camino: la rata permanece impertérrita; la rata niega el tiempo y teje un laberinto en su lugar. Pero negándolo, ocupando su lugar, la rata es tiempo. Llámenla “tiempo”, “proceso” o “castillo”: de todas formas, siempre volverá, siempre negará los pasos del héroe, siempre morderá la yugular del amor de quien la desafía.

Nunca lo sabremos, pero Francisco quizás conocía el secreto de Kafka; quizás la rata, un segundo antes de chuparle la sangre, le susurra al oído la terrible verdad.

Pensándolo más en criollo, diríamos que el secreto del tiempo es que no va a hacer nada por salvarnos, por remediar nuestra soledad. Kafka lo sabe, lo escribe en cientos de páginas. Hacia el final de su vida, como la rata de Magui, pretende callarlo, y amaga con irse para siempre con su verdad, como Francisco. Pero no: antes de morir, Kafka se lo susurra a un amigo. Le deja todo lo que supo sobre aquel secreto. Max Brod es ese amigo de Kafka. También, como la rata para Magui, es el espejo de su soledad.

Una soledad que Kafka también imagina bajo la forma de un escarabajo. El secreto pasa de manos, con la orden de ser destruido, pero a la vez hay en ese pase una cierta esperanza. Un hilo tendido en el laberinto. ¿Para qué, si no, pasar de manos lo que debe (y podría) ser destruido ya? 


Así, en silencio, quizá, se urdan los mejores pactos. Un pacto entre escarabajos es el módico desafío que la literatura sabe hacerle a la soledad.

Mientras las personas sigamos imaginando ratas o escarabajos, tal vez Kafka perdurará como uno de los más sabios entre nosotros.  

2 de julio de 2014

Di María mon amour

La noche después del partido Argentina-Suiza, soñé con una vaca. El animal estaba en la calle y se movía sin control. Yo tenía miedo y trataba de mantenerme quieto, apretado contra una pared, mientras la vaca se sacudía: poseída, rabiosa, vital. Al final llegaron unos bomberos o policías, le inyectaron un tranquilizante rojo en el pelaje (no en el cuerpo), y la vaca se fue desplomando suavemente, hasta quedarse dormida en la posición de un manso perrito.

***

Esa mañana yo amanecí preocupado porque me acordé de que este viernes tengo dentista. Me duele una muela y los dentistas me dan miedo. Más tarde, el gol de Di María me encontró en el laburo, viendo el partido por la tele. Lo único que recuerdo es que grité el gol abrazando como loco a un compañero, tomándolo por su cabeza. Eso es lo que recuerdo: gritar el gol abrazando una cabeza, casi como si estuviera ahorcando a su portador, como en esas películas yanquis en que el héroe de brazos de acero aparece de atrás y les da vuelta la cabeza a sus torpes enemigos, con el consabido crack final del pobre cuello. Ahorcar para matar o para festejar un gol de Di María. Para festejar, también, que el asunto de la muela había dejado de preocuparme.

***

Gol. Caos en lo cotidiano. Leí el otro día que la irrupción de la barbarie, o su simple amenaza, no sólo infunde el caos en el orden, sino que lo muestra. Es decir que lo caótico ya estaba en lo ordenado, lo primitivo estuvo desde siempre incubando allí, en el corazón de la civilización. Esa tarde, luego del partido, yo tenía un examen de francés. Las ideas no se matan, escribió una vez Sarmiento citando casualmente en francés, el idioma de las Luces. El Padre del Aula aludía a los bárbaros, a los que irrumpen. Pienso en nuestro Di María desarticulando la compleja maquinaria enemiga, el relojito suizo al fin destartalado, la Europa al fin desbaratada. ¿Cómo iba a hacer para concentrarme en dar el examen, después de ese gol? Una hora después, las piernas todavía me temblaban. Concentrarme en la voix passive, le gérondif, le participe passé. Volver a la gramática. Pero no. Seguir acordándome de esa jugada. Di María, mon amour. 

***

Creo que entiendo el fanatismo argentino por Di María, una repentina devoción que todavía Messi no logra conseguir del todo en "el fin del mundo", como diría el Papa gaucho. El lomo del Pocho Lavezzi, los huevos de Di María. A Messi no le gustan los excesos. Corre lo necesario, y pocas veces se equivoca. Messi es cerebral. Tiene la habilidad sudamericana, pero la mentalidad europea. Antes que equivocarse, a veces prefiere la nada, la ausencia. Di María, en cambio, se inclina por el caos. Corre como loco. Si Messi tiende a lo apolíneo, Di María es un jugador dionisíaco. Es lógico que a los argentinos nos conmueva ese derroche de vida, ese esfuerzo, esa búsqueda poco metódica que se manda mil cagadas y al final tiene su premio. Quizás Di María es un jugador argentino propiamente dicho.

***

Le cuento el sueño de la vaca a una amiga psicóloga. Como interpretación, se le ocurre primero el asunto este del descontrol por el partido contra Suiza. Y luego agrega: “Y lo que se descontrola es la vaca, es decir, Argentina”. 

***

Después me dice mi amiga que la asociación vaca-patria es lo primero que se le ocurrió, que no es un análisis serio. Por mi parte, seguiría pensando en una interpretación más profunda acerca de la vaca, pero en 48 horas ya se viene Bélgica. Ah, y antes... el dentista. 

5 de abril de 2014

Dos otoños

Sábado. Estoy sentado en la mesa tratando de escribir. ¿Se dice “en la mesa” o “a la mesa”? Me cebo mate. Rara vez me pongo a escribir si no sé al menos un poquito de lo que voy a decir. Me pasa que escribo solamente cuando me viene una sensación definida. Cosas que uno incorpora como hábitos y que cree que, por ser hábitos, definen nuestra personalidad. Un escrúpulo, bah, que hoy trato de burlar. Levanto la mirada y por la ventana veo una autopista, o mejor dicho las luces de una autopista, o mejor dicho las luces de los autos de una autopista que en definitiva supongo. Apenas son las siete pero ya es casi noche cerrada. Es el otoño. Las luces o los autos, las lucesautos, se dirigen casi todas en la misma dirección. Es lo más natural: según la parte del día, la humanidad va para un lado o va para otro. La autopista empieza a transformarse en una cadena de montaje, con su hilera de objetos que, en coreografía militar, van hacia algún destino. La autopista es ahora el proceso de producción de una fábrica de lamparitas o, mejor, de una fábrica de luciérnagas. Primero el cuerpecito, luego los ojos, las antenas, las patitas, las alas, y a volar. Pero cada tanto una luzauto díscola, que va en dirección contraria, rompe con esa ilusión. Entonces la certeza de la autopista se me impone, al fin.

Ilusiones. Certezas. Las trampas del lenguaje hacen lo que quieren con nosotros. No quiero pensar en esos términos ahora. Me pongo filosófico y proclamo que no quiero que esos términos me piensen. Más hábitos, más escrúpulos. De todo lo que leí o escuché esta semana, me quedo con lo que dijo Juan Gelman sobre la poesía: “¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía”.  

Entonces hay una imagen, más allá de la ilusión o la certeza. Es otro otoño esta vez. El otoño de un océano azul frío. El mar es casi todo y salpica tanto las rocas que la ciudad parece apenas un gran barco amarrado. Los dos personajes, desde la cubierta, usando sus bufandas favoritas, están frente a un horizonte sin nostalgia. Es que al fin son felices y ya viven en él.  “Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir”, concluye Gelman. De divisiones viven los que reinan. Anulando divisiones se vive. La poesía y el amor expanden la vida. No tengo mayor certeza que esa ilusión.  

19 de febrero de 2014

Norma ha ganado la batalla (Preocupaciones de bondi)

Él es de otra época. Lleva pelo muy corto y prolijo, camisa, pantalón de vestir y un maletín, pero no puede tener más de 21 o 22 años. Ella usa un short de jean y su aspecto es relajado. Tiene unos años más que él. Se encuentran en el pasillo del bondi, se saludan. Ella va a buscar a su novio que viene de Montevideo (irá seguramente al puerto); y supongo que él va a laburar. "¿Montevideo?". Ella cuenta que se ven cada tanto, que él viaja o ella viaja. Eso es todo. Luego comienza él: que su novia, que no la soporta más, que una semana en Mar del Plata, que en realidad a quien no soporta es a la familia, que el tío de su novia ya le había avisado: "En la que te metiste, viejo, yo que vos rajo". Ella, relajada y paciente, siempre oído comprensivo, le aconseja: "Tenés que hablarlo con ella. Hablalo bien, sin pelearte". Él dice que sí, pero que no aguanta más. Ella debe pensar —pero en realidad lo pienso yo— que su amigo es de esos tipos que aman la complicación, y que mejor escucharlo y no intentar convencerlo de nada. Me pregunto si ella también sufrirá con su relación a distancia; no lo parece. En cierto sentido, es fácil el amor a distancia. Ni siquiera parece haber dudado qué ponerse para ir a recibir a su viajero. Pero algo sufrirá, calculo. Todos sufrimos. Luego la charla vira hacia otros personajes, y así es como concluyo que deben ser parientes o algo así, y que cada tanto comparten cenas de cumpleaños o de Navidad, quizás algún fin de semana en alguna quinta en las afueras, no mucho más.

***

Habla fuerte, sentado a la cabeza de la fila de asientos individuales. Su voz es casi el ruido de una moto que no cesa de arrancar. Habla por celular con un amigo. "Entendés, laconchadelalora, la culpa es de Riquelme". "Yo estoy preocupado, es un problema de actitud. AC-TI-TUD. No puede ser”. "Laconchadelalora, vos sos de la época que ganábamos todo, pero yo me acuerdo que en los noventa no ganábamos un carajo. Y esto es Boca, no es Laferrere". "El próximo partido va a ser lo mismo, acordate lo que te digo, ¿contra quién jugamos?". Así pasan 15 minutos. Su voz tiene esa antigua música quejosa del tango, que hoy es casi una reliquia, pero es un tipo de no más de 35 años. Corta con su amigo hincha de Boca (seguramente fanático, aunque no tanto como él) y empieza a hacer llamados. Descubro que es un tipo con una vida, un laburante como cualquiera. La moto no se apaga, pero baja uno o dos cambios. Da avisos, saluda con afecto, tranquiliza, da buenas noticas. Es amable, humilde, trabajador. Su voz se vuelve solícita y abandona la humedad del tango. Es un buen tipo, un tano un poco calentón nomás, pero buena leche.

***

La chica abre la cartera, saca un libro y se pone a leer. Es Rayuela, una edición gigante, "por el 50 aniversario", leo en la tapa descomunal. Muy incómodo para viajar parada en el colectivo. Ella es sobria y prolija, y tiene pinta de ser abogada o contadora, unos 27 años. Debe ser de esas personas que llevan paraguas por las dudas. No llega a leer dos páginas y le suena el celular. "Norma, estoy yendo". Su voz suena imperativa, firme, casi de call center. "No tenemos nada que charlar, ya está". "No. Ya estoy en camino". "Ya está todo hablado, es tarde, Norma". Al final de la llamada, parece ceder un poco: "Bueno, en un ratito te llamo", y corta. La abogada o contadora retoma la lectura. Me pregunto por qué parte irá. Relojeo: capítulo 23. Me causa gracia que en la cabeza de la abogada o contadora en este momento coexistan los clochards y las peceras del París de 1960, por un lado, y la tal Norma, por el otro. "Norma es un nombre verosímil para este tipo de preocupaciones de bondi, ponele la firma, hermano —me diría Horacio—. Ah, y el Hakuna Matata es otro buzón de Disney. ¿Querés un mate?". La abogada o contadora lee uno o dos minutos más, hasta que definitivamente cierra el libro y lo guarda en la cartera. Se queda pensando o sólo mirando un punto fijo. Norma ha ganado la batalla, una vez más.


11 de febrero de 2014

Biografía

Nacida y criada en el escaso barrio de Sarandí, pateando lunas suburbanas y más tarde anchas avenidas porteñas, la piba se curtió de a poco, como el asado vigilado, se abrió camino por la chatarra de una ciudad indecisa y rigurosa a la vez, casi cayéndose por las esquinas de gatos psicoanalizados y viejas chusmas, palpitando esplendores más antiguos que el tiempo, ensoñaciones que la mecían por ruinas de imperios sordos y páramos desérticos de sal, ensayando piruetas casi torpes, casi cósmicas, casi alegres, seguramente humanas, sin duda vitales.

28 de diciembre de 2013

El Barrio de los Cines

Terminaba el 2041, un año de cambios y esperanzas en la Ciudad Apagón. Todavía luchábamos con fe y coraje por la legalización de la luz eléctrica. Nuestro pequeño país vecino ya lo había logrado. Caminábamos entre los restos de una ciudad obstinada. Vivíamos una extraña paz ya que nos unía a todos esa causa. La inflación había trepado tanto que muchos habían huido, famélicos, nadando por el río a cualquier parte. O se encerraban en shoppings hasta morir de hambre, cantando en ronda villancicos y loas al aire acondionado. Mientras tanto la policía, amotinada, reclamaba por la vuelta de la inseguridad.

Yo iba con mi muñeca roja (así la llamaba a veces a Verita, cosa que no le gustaba mucho) hacia las calles del centro. La ciudad ronroneaba como un gato obeso y demente al son de los generadores de los pocos edificios y negocios con luz. Nosotros, los del arrabal, vivíamos a oscuras. Yo comía siempre en lo de Minga, una señora rica con campos en Villasol que le daba de comer a toda la cuadra.

Mi pequeño lujo era el francés. Poupée rouge, viens avec moi, on va au cinéma, le decía a Verita. Y caminábamos cientos de cuadras, de la mano, hasta el Barrio de los Cines. En las esquinas tocaban bandas de poscumbia. A veces había poetas locos que, por un paquete de fideos moñito, agarraban diccionarios y componían versos al azar, disparando palabras elegidas a dedo. Por ejemplo: moler pan fuga zen transfusión papá. A ellos les gustaba llamarse "posborgianos" y se referían siempre a la lotería de Babilonia o a la biblioteca de Babel. Yo trataba de no escucharlos, pero Verita me llevaba de la mano a esas esquinas y se divertía.

El Barrio de los Cines era el único distrito de la ciudad con luz eléctrica pública, en donde se notaba la presencia del Estado. Lalalandia, primeros exportadores mundiales de ficción, decían los carteles de propaganda a la entrada de cada cine. Veíamos películas toda la noche, hasta la mañana siguiente, películas sobre gauchos caníbales o gánsters rumanos que en París daban el gran golpe, tomaban el poder y bajaban la desocupación.

De vuelta al barrio, pasábamos por lo de Minga a ver si había algo para picar, y después nos tirábamos a dormir. Verita a veces me decía de irnos bien al sur, a la chacra de su tía Coca, pero yo seguía pensando en los gánsters, y la abrazaba hasta sentirla, la abrazaba como se abrazaría una llovizna terrícola en medio de un paseo por Marte.

19 de diciembre de 2013

buenos aires 19 de diciembre

todo lo que imagino es real,
se me ocurre pensar sin mucho sentido mientras agarro florida derecho
y me mando a falabella.

elijo tres remeras y busco el probador
y me encuentro con una cola de hombres urgentes y me digo claro,
cómo no me di cuenta es navidad.

pilas de hombres con pilas de cinco, seis prendas
el tipo de seguridad que comenta que ahora los hombres son las mujeres
y que las mujeres son los hombres.

termino probándome las remeras en cualquier espejo,
dejo las tres en cualquier parte, encuentro otra y me llevo esta,
le digo a mi vendedor interno.

salgo y me meto en una librería
hay un vendedor de lentes, joven y atildado, con cara de asco
hay dos tipas que le están pidiendo un libro que es del papa o sobre el papa,
y autografiado por el papa.

me divierte porque el vendedor no disimula la cara de asco
su cartelito en el pecho dice que se llama "facundo no sé cuánto quiroga"
no llego a leer el segundo nombre
juro que se llama así.

pienso que tiene el nombre más argentino de todos,
que tiene el nombre del personaje más importante de la literatura argentina
pienso que un vendedor de libros, en buenos aires,
tiene el nombre del argentino más salvaje.

este facundo, casi de frac,
es salvaje e inmundo
con sus clientas.

luego facundo me dice sos el primero del día que me pide un buen libro
y le digo es la navidad,
como calmándolo,
como diciéndole que todo esto ya va a pasar,
que un día triunfará la civilización en estas pampas,
que ya no habrá más gauchos que lleguen a la cima del Vaticano.

salgo de la librería y
me voy pensando que es posible todo esto a la vez,
las fanáticas del papa y facundo quiroga, el culto.

en buenos aires es posible todo?

compro el libro y ya llego a un obelisco ardiente,
y hay humo y policía y calor
y me acuerdo del obelisco nevado del 9 de julio de 2007
y no me acuerdo de ningún obelisco de diciembre
sin humo ni policía ni calor.

veo a los turistas:
hay una buenos aires para los turistas de paquetes turísticos en hoteles módicos
esa es la buenos aires del obelisco

nunca hay mochileros de san telmo ni viajeros gourmet fotografiándose en el obelisco
pienso que las cañitas también es buenos aires
y que todo lo que imagino es buenos aires también.

también el parque rivadavia
la pecera en el mar
la quieta luz de un farol
la isla de tiempo verde te acordás

que se tomó un mate
que se fue abrazando la noche
que se subió un segundo después
al bondi de la avenida infinita.

todo lo que imagino es real,
y me digo a mí mismo que no es una frase original
que seguro si la googleo la encuentro dicha por miles.

me digo eso y ya estoy en el subte,
llego a números rojos en la sube,
y nunca me pasa eso, me incomoda.

saco el libro y leo algo sobre la generación beat
sobre su mundo de escritura automática
algo sobre la desesperación y sobre la ilusión
que imaginaron.

final del recorrido, dice la voz.

7 de septiembre de 2013

Bernal Oeste

Los primeros habitantes salen
a festejar el sol de los vivos

Bernal. Veo desde el colectivo el paisaje de una primavera precoz. En Bernal las mañanas tienen más sol. ¿Alguien sabe por qué? ¿Qué renace ahí cada día? El bondi se va llenando, pero no me animaría a preguntarlo en voz alta. No sé qué tiene este lugar pero acá la luz cae a baldazos desde el cielo y se estrella contra los árboles, las piedras de las casas, la brea de las calles sin tránsito. Un amigo mío dice que para él Bernal es el mejor lugar del mundo. Qué se yo del mundo, pero es cierto que Bernal me hace escribir cosas que en unos años me van a dar risa. No sé qué hay en Bernal, qué dispositivo de ligereza se activa acá. Bernal por la mañana es un concierto de esos de Mozart en que las gordas cantan con fruición. Ah, el pasto verde. Te lo firmo: el pasto bernalense es más verde que en Quilmes. Y por el centro porteño, barrio de calles como pozos, la gente comenta, a veces, que el pasto existió el finde que pasó.

Mirando por la ventanilla pienso que no estuvo mal que el tren no funcione, para así elegir el colectivo y pasar por lugares así. Después me voy a pasar el día acordándome de la plenitud de esas calles. Finalmente Bernal se termina y ya estoy en la autopista. Me acuerdo de que Albert Camus confiesa que el renunciamiento a la belleza exige una grandeza que a él le falta. Pienso en otra variante: esa grandeza para renunciar a la belleza es la misma que se necesita para renunciar a la tristeza. Ser un poco o bastante cáscara. La grandeza de una boya que nunca se hunde en el océano infinito. ¡Nunca se hunde! Mi lengua se pregunta si una boya tendrá sabor. Creo que se engaña solamente porque "boya" tiene nombre de fruta. Hay en ese flotar una virtud, a la vez que un renunciamiento a ser ola, sal, calma o tempestad. Ser sólo boya. Qué bueno, qué malo. No sé qué pensar.

Es que la tristeza: ¿qué hacemos con la tristeza? Bien se puede disfrutar del sol de los vivos, ¿pero después qué? No se puede ser poroso a la carta, a gusto y placer. La boya no es boluda y esto lo sabe bien. Por eso camina sin remordimientos y hasta orgullosa de su firme logro cotidiano. 

De todos modos, la mañana no se desintegra sino que se prodiga en pedazos. Tomo nota. Hay las boyas. Hay también los que se reverencian ante Apolo y puede que después, obsesivos, generen la sombra con sus cuerpos encorvados. Trato de escribir bien eso para no olvidármelo. Y también, laboriosos, ciertos habitantes van recolectando las chispas. Encuentran el brillo, como pueden. Chispas en las copas de los árboles, en las patitas ávidas de los perros, en el punto superador en que el llanto y la risa son una sola cosa. También hay chispas que cayeron en ojos. No se apagan por mucho que laburen los párpados.





12 de julio de 2013

La pared

No sigas siempre en la pared
tan fría está

Puedo hablar bien de las paredes que me protegieron y de las paredes en general, porque suelen ser vistosas y encima siempre se portan de diez en eso de mantenerse endurecidas. Y la vida, a veces, se convierte en pared. 

Pasás por ejemplo la infancia en el patio de casa, en tu jardín del fondo. En ese pasto se corre y se imagina, se juega y se define tu mundo de grillos, húmedo y musgoso. Y también está la pared. Contra sus ladrillos pateás la pelota y ellos, soldaditos ejemplares, siempre te la devuelven. Amás la compañía de la pared. Y su poder traicionero: cada vez acumula más, y todo se va dando lentamente hasta que una nochecita de enero te encontrás tocando con fruición un ladrillo de la pared, tan calentito está, tan calentito que parece tener vida adentro.

¿De dónde viene ese calorcito? No se te ocurre pensar en la energía acumulada del sol durante las horas de más calor; no sé si los niños se fijan mucho en el sol. Se te ocurre en cambio pensar en los seres de la pared; así te gusta llamar a una especie de sombras internas que imaginás deslizándose entre los ladrillos, como humanoides finísimos y melancólicos sólo provistos de contorno. Algo así como los dibujos de un borracho en la clase de geometría, pero con la diferencia de que estas figuras invisibles se mueven. Se te ocurre que estas sombras son las que se cruzan, se rozan y, en ese contacto, se aman: así producen en la pared el calor; así la pared produce su propio calor. Y no, no te das cuenta del sol.

Tampoco de otras figuras que se van definiendo más acá o más allá de la pared: no te importan. Aunque a veces las percibís y tu piel se eriza por unos segundos. Vos mismo sos una más de ellas. Pero luego te quedás mirando fijo la pared, su disciplina feroz, su cemento desparejo y fiel, el naranja fulminante del ladrillo a las cuatro de la tarde, y su triste y fotogénica fosforescencia cuando atardece.

A tal punto llega la demagogia de la pared. Pero más adelante, y sin que sea tarde, descubrís que en francés pared se dice mur. Pensás en un muro entonces, y la nueva connotación te asombra. Luego en un planeta gris, pelado y recóndito, a 200 millones de años luz. En sitios así no puede tener lugar la vida. Ni siquiera la de los seres de la pared, esos movedizos humanoides internos de tu infancia.

Y luego, oportunamente leés:

Del otro lado de la reja está la realidad,
de este lado de la reja también está la realidad;
la única irreal es la reja.

No querés ahora ablandar el ladrillo o traspasarlo. Tampoco querés imaginar de más. Simplemente te movés, y te quedás ahora más acá o más allá de ese ser sordo y macizo en que alguna vez perseveraste.




6 de marzo de 2013

Tu piedra y tu espejo

Sobreviviste, creés. Después de haber andado pedazos de camino, milagrosos andamios entre la destrucción, encontrás una piedra segura donde sentarte. De los barcos bajó un día el estruendo, y luego tu recuerdo se vuelve negro y naranja, una casi monotonía que aún no lográs pensar. ¿Fue de los barcos o fue de las montañas? Ahora ya no hay temblor ni gritos, pero las palmeras siguen creciendo entre la nieblahumo. Lo que fue tu mundo es ahora una pared de aire ácido que se te pega a la garganta. En la piedra, a salvo, te consuela chupar de tu preparado líquido, amargo y burbujeante. 

Asistís así, desde tu piedra insólita, al día después. Los que alguna vez fueron tus iguales ahora te son extraños. Los ves pasar en filas y son apenas espaldas furtivas que te miran. Son ahora los esclavos de un cielo de tiza. Vos no sabés todavía qué sos, pero no es ese color tu señor ni tu cielo. Imaginás, en cambio, dos ojos. Que los imaginás no es exacto: los concebís. Los buscás. 

¿En qué rostro caberá tu asombro para saciarse? No dejarás de buscarlo de ahora en más. Un espejo reconocible. Intentás volver a dibujar una flor y después un jaguar. El color te quedó, comprobás. Entonces con algún resto de paz volvés a chupar de tu bebida. Tuviste que hundirte en la noche para poder sobrevivirla. Ahora, después de días de haberte fundido con el temblor, volvés a escuchar el mar que no se cansa nunca de afirmar su arrullo insomne. En algún lado debe estar: el mar, también el espejo. Ya recordarás los caminos, el camino, y en esta nueva certidumbre encontrás sosiego. Sos de un tiempo ya antiguo, tan por fuera de nuestros calendarios que en realidad pasás a ser parte de lo que no cesa de ocurrir. En ese tiempo sin números, se libra tu suerte, la forma de tu huella, y puede que no haya otra manera de librarla, repitiéndola en todos los suelos y sueños posibles.

26 de diciembre de 2012

Hermanos

En una estancia en las afueras de la ciudad, los dos hombres se sientan en dos banquetas y respiran la luz anaranjada de una tarde transparente. Saben que ahí estarán seguros al menos por un tiempo; ya tocará volver a subirse a los caballos y huir. El sol es todavía de noviembre: no calcina, abraza. Hace una hora se están pasando el mate, sin hablar, bajo la sombra de una parra cómplice. ¿Hace cuánto que se subieron al caballo, para no bajarse nunca más? Se preguntan en silencio cuándo habrá sido la última vez que disfrutaron de una paz así. Uno de ellos piensa vagamente en el parco rasgueo de una guitarra: es él mismo, diez o cien años atrás, acurrucado en el rincón de una tapera ya imposible. En las arrugas de la frente se les dibujan caminos parecidos a los que vienen secuestrándoles la calma perdida. Anduvieron juntos y separados; pelearon en el mismo bando y hasta alguna vez, suponen, el azar los enfrentó. ¿Cómo saberlo con certeza -y para qué-? Atrapados en una sola monotonía, en un único gesto, lucharon una vez contra el color rojo y luego a favor de este. Hoy ya no pelean, o sí: la pelea consiste en escapar. No andan: disparan. Llegaron a una vejez en que, por las mañanas, el resplandor del horizonte les asusta. Son hijos de un estruendo, de un mismo alarido. Ese fatalismo borgeano los hermana. Y en aquella tarde repleta de aire, piensan que en realidad el infierno ocurre ahí, bajo la parra; el infierno es comprender que esa tarde nunca volverá a repetirse.

29 de octubre de 2012

Aterrizaje en Barcelona



A veces tengo sueños malaleche, arteros, y la misión de volver a la realidad me cuesta un perú (o por qué no un australia o incluso una unión soviética). Se trata, entonces, de aterrizar con elegancia, disimulando el caos. Y sobre todo es terrible si estoy de viaje. En casos así, al despertarme, se me aplica una doble patada al riñón. Despierto y no entiendo el sueño del que caí, pero tampoco dónde estoy. A la modificación de la realidad cotidiana que opera el viaje, se le agrega esta otra puntual, la que me aplica el sueño malaleche. Esta segunda patada proviene de adentro y no tiene que ver con levantarse y ver por el balcón una callejuela llena de banderas catalanas. Es demasiado.

¿Con qué soñé? Sólo sé en concreto que se trata de los fantasmas. En este caso de los míos. No alcanza con viajar para despistarlos o perderlos. Como no son corpóreos, caben en cualquier valija y uno anda llevándolos por todos lados. Son los fantasmas, claro, pero igual me levanto, y sé desde los tres años que tengo que mear, cambiarme, comer algo y salir. Alguien que se está untando un pan con mermelada me dice where are you from y logro responder bien, o sea, lo de siempre. Es un buena señal. Es que hay una parte nuestra, la práctica, que nunca deja de funcionar. Luego viene el café y las charlas sobre los últimos goles de Messi, que también harán lo suyo e irán poniendo cada cosa en su lugar, como nos cantaban las señoritas en el jardín de infantes.



28 de septiembre de 2012

Pas photogénique, mais si beau

Hay lugares no fotogénicos. A veces los traiciono y les saco fotos porque hay en ellos una especie de indicio, una disposición feliz. Pero fracaso. No puedo hacerles durar la belleza. A otros, en cambio, les basta una foto para que medio mundo se les enamore. Así sucede con París, con un atardecer de al menos dos colores,  o con casi todas las playas del mundo.

Pero la belleza del resto, lo no fotogénico, demanda mucho, exige un trabajo de extracción que te absorbe y te pierde. Cuidado porque al menos tenés que pasarte una temporada en un lugar así y vivirlo. 

Pero además de vivirlo
te vive también. 

Hasta te exige que hayas nacido ahí, 
o sobre todo que una parte tuya, hasta ahí latente y tartamuda casi, 
lo haya hecho. 

Ahí nacés un poco más, pero se me hace que el prodigio es mutuo.
El lugar y tu caminarlo.
Lo vivís y te vive, te nace y lo nacés. En el lugar queda un aire raro, 
producto de la vida que exhalás, 
y así es que se escapa tu aporte.

Pero es un trabajo casi inhumano, casi tosco, una erosión rasposa de las baldosas que recorrés. 

Sólo así se van embelleciendo los barrios de casas bajas o la gambeta urbana 
de un autobús voraz y constante. 
De otro modo, sacándoles una foto por ejemplo, pasan por vulgares y monótonos. 

Así será entonces, 
es que de qué modo sacarles una foto en que se filtre el sol, 
y sus ideas de futuro que nos encaja. 
No hay modo. 
De qué modo aplastar en una foto el vaivén de los días caminados, 
llenos de palabras pateadas -shh en silencio-
y de placeres furtivos.
Menos modo todavía. 

Lo no dicho va tiñendo de a poco
el mástil, el paso cebra, 
lo que no verá tu foco.

¿Qué dispositivo definirá bien una terminal de ómnibus, su cíclica ambigüedad de alba y esperanzas rancias? 

Sentado en su piso, entre cementerios de colillas y restos de yerba, 
si parás un segundo la mente, 
se te revelan todos los caminos. 
Y los perdés después, 
y qué te creés
no hay foto que valga.

En una baldosa rota, quizás tu universo. Pero eso no lo sabe decir una foto. Tal vez, ya lo sabré o no, algo parecido pase con la gente fotogénica y la que no lo es.

31 de agosto de 2012

On ne tue point les idées


Esta idea, como suele pasarme con ellas, se me presentó sugerente, casi imperativa. La vi, me vio, y entonces me lo dijo: "Escribime". Hice lo que pude por resistirme, y esta vez lo logré: pasé de largo. Pero otras veces, demasiadas para mi gusto, la idea me conquista, y me convierte en un autómata que tipea y tipea para ella. El resultado es que escribo sin pensar y, cuando termino, la idea ya no está más. No la encuentro en lo que escribí y su mirada sugerente ya no está ahí, necesitándome. Y al final, atontado, nunca entiendo si es que la traicioné o me traicionó.

Uno o dos meses después, las ideas suelen volver. Reaparecen ya sin el brillo y el encanto irresistible de antes, pero esta vez más sinceras y despojadas, como si hubieran pasado una temporada en una playa fresca, mirando fijo el mar. 

Esta idea me volvió recién, menos salvaje, y la compré. Más o menos me hace pensar esto: que, para algunos, la belleza puede ser la infancia. Hablo de belleza en términos arquetípicos. Cada vez que reconocemos algo bello, no hacemos más que encontrar una sensación que tuvimos de chicos. Un chico, al ver una cosa la ve por primera vez. Y si esa sensación es feliz, se forma entonces un modelo permanente, y que jamás doblegará, acerca de lo que para él constituye una perfección. Puede pasar con el mar, un peinado cercano, el sonido de la lluvia, cualquier felicidad posible. El primer encuentro con un cuento o con una canción, que para un viejo ya resulta inofensivo, para un chico puede ser el comienzo y el fin último de sus búsquedas.