23 de octubre de 2010

La mensajera diabólica

Una palabra es como un mensajero. Cual paloma adiestrada, su misión es llevarnos un mensaje que un tipo confiado nos transmite. (Para esto, claro, el remitente necesita confiar en el mensajero). Sin embargo, hubo un día en que las palabras enloquecieron, se sublevaron: dejaron de contar lo que sus crédulos remitentes les ordenaban.

No sé si me pasa a mí sólo o les pasa a todos. Me da igual. Por una cuestión de honestidad intelectual, hablaré sólo por mí mismo, así no se me acusa de filósofo o de cosas aún peores que esa. 

Me explicaré. Estoy en el medio de una charla y, de repente, el prodigio se desata. Quien charla conmigo suelta una frase cualquiera, pero una de sus palabras se escapa del resto y me suelta en la oreja alguna imagen o historia bizarra. Satanás me susurra al oído, y esta es mi perdición. Yo me quedo con los ojos encendidos como dos soles blancos, paralizado; me declaro inepto para entender el mensaje de quien charla conmigo.

Es como si la palabra me dijera: "No le hagas caso a este charlatán, vos concentrate solamente en mí".

Un señor x me dice, por ejemplo:

—No sabés, se paró el tren en la estación de Sarandí. Una mierda: tuve que caminar hasta la parada del colectivo.

Hasta ahí, todo bien. Soy el mejor oyente y el señor x, el mejor hablante. Sin embargo, de golpe, el narrador que tengo en frente lanza una palabra rebelde: la escurridiza, la diabólica, la que me llenará de mentiras la oreja izquierda:

—Como podrás imaginarte, volver a casa fue todo un periplo.

La palabra periplo se me sube al hombro y empieza a contarme acerca de un hombrecito, delicado como una libélula, que recorre el espacio cósmico metido en una pequeña cápsula del tamaño de un ascensor. Periplo me habla de naves, de planetas áridos y rojos, del capitán Beto, del Niño de Cobre de Los halcones galácticos. A todo esto, el hombre libélula se parece muy poco al señor x, que es más bien gordito y fanático de All Boys. Estoy a 800.000 millones de kilómetros de la estación Sarandí. He sido engrupido por una puta palabrita.

En esta imperdonable traición de las palabras, a veces influimos los humanos. No es todo culpa de ellas. También están esos grandes falsificadores, los escritores, que son la pesadilla de los diccionarios bien nacidos. Me pasa con Borges y la palabra arena. Yo ya no puedo escucharla sin que me vuelva loco:

Arena y sol. El mar azul. Contigo yo. Conmigo tú —dice Marta Sánchez en Arena y sol, una de sus más celebres canciones.

Pero yo ya no puedo pensar más como Martha después de leer "El inmortal", de Borges. El miope escritor nos dice, por distintas partes de aquel relato, que la arena es "infinita", "negra", "ignorada", "amarilla", "ardorosa", "roja". (Basta usar el Control+F y buscar "arena" para compartir mi locura). Borges hizo pelota la monotonía de esta palabra; traicionó a la desgraciada Martha Sánchez, remitente estafada como pocas. Yo ya no puedo hacerle caso, no puedo pensar en la arena que ella quiere que yo imagine; me quiero matar. 

Para colmo el uruguayo Jorgito Drexler ahonda mi confusión, al confesar lo siguiente:

No hay rincón en esta casa,
que no te haga regresar.
Cada grano de memoria,
y la casa es un arenal.

Así que la casa del montevideano es un arenero. Mi cerebro también. Asi es como palabra arena huye de Martha Sánchez, se posa en mi oreja y me cuenta todo eso otro sobre sí misma. ¿Cómo haría para entender, ahora, la arena de Arena y sol?

Otro caso: el otro día me enseñaron que el adjetivo funambulesco tenía alguna relación con lo extravagante. Desde ese momento, poco le importó a la palabra funambulesco la definición que le adjudica el DRAE: a mí siempre me hablará sobre un saltimbanqui que de repente empieza a tambalear en el aire hasta que se cae aparatosamente. Una tarde funambulesca, para mí, es una tarde llena de hombres borrachos subidos a zancos movedizos y traicioneros. Nada más ni nada menos que eso.

Tipos como yo ya estamos poseídos por la prepotencia del lenguaje. Este pequeño apunte no sería más que una solidaria advertencia para las generaciones futuras, esas que todavía ni leen ni escriben, pero el problemita es que, para estar advertidos de todo esto, necesitan... saber leer. (Lo mismo pasa con todo en esta vida: para no sufrir hay que saber cómo no sufrir; pero para eso primero hay que sufrir).

En fin, de todos modos lo diré. Hombres del futuro: no lean nada, no escuchen nada, no piensen nada; de lo contrario, las palabras se comerán el mundo.

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