Hace un tiempo que sé la más profunda de las verdades: existen dos cosas infinitamente más nobles que cualquier oración hecha de palabras. Una de esas cosas también es oración, pero de ingleses: el segundo gol de Maradona a Inglaterra. La otra es un tipo más de oración, pero esta vez de notas: la música. Yo no entendía nada de la vida hasta que Federico, mi compañero de trabajo, me explicó su teoría de las oraciones.
Federico era músico, tocaba el piano. Antes de charlar con él, yo era un poeta de otoño, un enfermito consonante, un subrayador de adverbios terminados en “-mente”, un papanatas en busca de metáforas profundas y de verdades con olor a Seix Barral.
Aquella mañana mi compañero, como casi siempre, estaba dándole golpecitos regulares a su escritorio con sus dedos de pianista. Federico podía pasarse largos minutos pensando en tempos y en melodías como si estuviese calculando engorrosas ecuaciones matemáticas. Federico era un matemático que hacía sonidos, no cuentas. Tal vez una ecuación es, en el fondo, música muda, y una partitura del piano de Federico no es más que un logaritmo con vicios de cantor. Eso no lo puedo saber muy bien porque nunca me lo explicó.
—Ustedes los escritores se creen el ombligo del mundo —me dijo de repente, interrumpiendo su ensimismamiento, abriendo su persiana interior—. Y en realidad no son más que una pestaña.
—¿Cómo es eso?
—Claro, ustedes tienen que entender que una birome sólo es uno de los tantos objetos que se pueden usar para hacer oraciones. ¡No el único! También están las pelotas, las teclas, las cuerdas.
—¿Las pelotas? ¿Las teclas?
—Claro, mirá el gol del Diego a los ingleses, el de la gambeta a seis jugadores. Eso fue una oración, y de las buenas. Maradona es el sujeto, la pelota es el verbo. Los ingleses son los complementos circunstanciales, o sea, los predicados.
—Increíble.
—Pero real. Como ves, en ese partido fue escrita una oración y, como ves, no fueron necesarias las palabras. Bueno: los músicos también nos pasamos la vida metiéndole goles a Inglaterra.
—O sea, escribiendo oraciones sin palabras.
—Exacto. Oraciones que en definitiva no son más que superficies: escribir, tocar el piano o meter goles corriendo desde mitad de cancha. Oraciones que necesitan salir a la luz, ocupar espacio.
—Ser superficiales.
—Eso. Hoy en día, ¿quién cree en la belleza interior? Necesitamos ver, escuchar y oler para creer.
Federico se calló unos instantes, retomando el tamborileo de dedos. En un momento se frenó y agregó: "Y tocar. Tocar para creer". Yo miraba estúpidamente, en la pantalla de mi computadora, el muñequito de Ayuda del Word. Luego volvió con su clase:
—Por supuesto que se pueden hacer oraciones aberrantes con la música. Mi hijo de cinco años se sienta al piano y hace un quilombo bárbaro. Pero también podés agarrar palabritas y construir cosas desagradables. El hombre es capaz de destruir cualquier bondad.
—Entiendo. Alguna vez alguien ha dicho, por ejemplo: “Comunicado número uno de la Junta Militar. A partir de este momento, se comunica a la población…”.
—Exacto. O peor aún: “Este es el himno nacional y por bandera tengo tu tanga café”. O peor aún: cualquier oración de una selección de Italia en cualquier Mundial.
Su lucidez era intachable. Federico prosiguió con su tac, tac, tac. Mientras su cuerpo trabajaba y cumplía con las obligaciones diarias, su mente parecía habitar en un living con hogar a leña, en un sitio incontaminado y puro como un templo griego.
—Una palabra es una puta triste —sentenció, luego de unos minutos de tac, tac, tac—. Es un ser lleno de pasado y de olvido forzado. Un ser usado y manoseado. Sólo un genio podría eludir tanto pasado.
—Cuando Borges dice: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, yo siento que la palabra “unánime” es otra, que se hizo una lipoaspiración o algo así—acoté yo, desafiante, con un dejo de resentimiento de poeta malherido.
—Algo así—aceptó Federico—. Pero son sólo excepciones. Con la música, en cambio, tengo la sensación de que no esconde nada detrás. No le encuentro pasado ni identidad.
—Como una virgen.
—¡A eso quería llegar, José! La música es una virgen que siempre se nos escapa. Como un gol de Maradona. Y qué querés que te diga: yo en eso veo la perfección, en el poder vivir sin un significado a cuestas.
Sus palabras eran inobjetables. Concluida su exposición, Federico continuó con sus golpecitos regulares sobre el escritorio. Volvía a bajar su persiana; volvía a encerrarse en su mundo de vírgenes escurridizas. Tac, tac, tac. Mi cabeza, por el contrario, era un mar de contradicciones. Maradona, Chopin, María Magdalena. El fútbol, el piano, mis putas tristes.
maestrooooooo
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