19 de febrero de 2014

Norma ha ganado la batalla (Preocupaciones de bondi)

Él es de otra época. Lleva pelo muy corto y prolijo, camisa, pantalón de vestir y un maletín, pero no puede tener más de 21 o 22 años. Ella usa un short de jean y su aspecto es relajado. Tiene unos años más que él. Se encuentran en el pasillo del bondi, se saludan. Ella va a buscar a su novio que viene de Montevideo (irá seguramente al puerto); y supongo que él va a laburar. "¿Montevideo?". Ella cuenta que se ven cada tanto, que él viaja o ella viaja. Eso es todo. Luego comienza él: que su novia, que no la soporta más, que una semana en Mar del Plata, que en realidad a quien no soporta es a la familia, que el tío de su novia ya le había avisado: "En la que te metiste, viejo, yo que vos rajo". Ella, relajada y paciente, siempre oído comprensivo, le aconseja: "Tenés que hablarlo con ella. Hablalo bien, sin pelearte". Él dice que sí, pero que no aguanta más. Ella debe pensar —pero en realidad lo pienso yo— que su amigo es de esos tipos que aman la complicación, y que mejor escucharlo y no intentar convencerlo de nada. Me pregunto si ella también sufrirá con su relación a distancia; no lo parece. En cierto sentido, es fácil el amor a distancia. Ni siquiera parece haber dudado qué ponerse para ir a recibir a su viajero. Pero algo sufrirá, calculo. Todos sufrimos. Luego la charla vira hacia otros personajes, y así es como concluyo que deben ser parientes o algo así, y que cada tanto comparten cenas de cumpleaños o de Navidad, quizás algún fin de semana en alguna quinta en las afueras, no mucho más.

***

Habla fuerte, sentado a la cabeza de la fila de asientos individuales. Su voz es casi el ruido de una moto que no cesa de arrancar. Habla por celular con un amigo. "Entendés, laconchadelalora, la culpa es de Riquelme". "Yo estoy preocupado, es un problema de actitud. AC-TI-TUD. No puede ser”. "Laconchadelalora, vos sos de la época que ganábamos todo, pero yo me acuerdo que en los noventa no ganábamos un carajo. Y esto es Boca, no es Laferrere". "El próximo partido va a ser lo mismo, acordate lo que te digo, ¿contra quién jugamos?". Así pasan 15 minutos. Su voz tiene esa antigua música quejosa del tango, que hoy es casi una reliquia, pero es un tipo de no más de 35 años. Corta con su amigo hincha de Boca (seguramente fanático, aunque no tanto como él) y empieza a hacer llamados. Descubro que es un tipo con una vida, un laburante como cualquiera. La moto no se apaga, pero baja uno o dos cambios. Da avisos, saluda con afecto, tranquiliza, da buenas noticas. Es amable, humilde, trabajador. Su voz se vuelve solícita y abandona la humedad del tango. Es un buen tipo, un tano un poco calentón nomás, pero buena leche.

***

La chica abre la cartera, saca un libro y se pone a leer. Es Rayuela, una edición gigante, "por el 50 aniversario", leo en la tapa descomunal. Muy incómodo para viajar parada en el colectivo. Ella es sobria y prolija, y tiene pinta de ser abogada o contadora, unos 27 años. Debe ser de esas personas que llevan paraguas por las dudas. No llega a leer dos páginas y le suena el celular. "Norma, estoy yendo". Su voz suena imperativa, firme, casi de call center. "No tenemos nada que charlar, ya está". "No. Ya estoy en camino". "Ya está todo hablado, es tarde, Norma". Al final de la llamada, parece ceder un poco: "Bueno, en un ratito te llamo", y corta. La abogada o contadora retoma la lectura. Me pregunto por qué parte irá. Relojeo: capítulo 23. Me causa gracia que en la cabeza de la abogada o contadora en este momento coexistan los clochards y las peceras del París de 1960, por un lado, y la tal Norma, por el otro. "Norma es un nombre verosímil para este tipo de preocupaciones de bondi, ponele la firma, hermano —me diría Horacio—. Ah, y el Hakuna Matata es otro buzón de Disney. ¿Querés un mate?". La abogada o contadora lee uno o dos minutos más, hasta que definitivamente cierra el libro y lo guarda en la cartera. Se queda pensando o sólo mirando un punto fijo. Norma ha ganado la batalla, una vez más.


11 de febrero de 2014

Biografía

Nacida y criada en el escaso barrio de Sarandí, pateando lunas suburbanas y más tarde anchas avenidas porteñas, la piba se curtió de a poco, como el asado vigilado, se abrió camino por la chatarra de una ciudad indecisa y rigurosa a la vez, casi cayéndose por las esquinas de gatos psicoanalizados y viejas chusmas, palpitando esplendores más antiguos que el tiempo, ensoñaciones que la mecían por ruinas de imperios sordos y páramos desérticos de sal, ensayando piruetas casi torpes, casi cósmicas, casi alegres, seguramente humanas, sin duda vitales.

28 de diciembre de 2013

El Barrio de los Cines

Terminaba el 2041, un año de cambios y esperanzas en la Ciudad Apagón. Todavía luchábamos con fe y coraje por la legalización de la luz eléctrica. Nuestro pequeño país vecino ya lo había logrado. Caminábamos entre los restos de una ciudad obstinada. Vivíamos una extraña paz ya que nos unía a todos esa causa. La inflación había trepado tanto que muchos habían huido, famélicos, nadando por el río a cualquier parte. O se encerraban en shoppings hasta morir de hambre, cantando en ronda villancicos y loas al aire acondionado. Mientras tanto la policía, amotinada, reclamaba por la vuelta de la inseguridad.

Yo iba con mi muñeca roja (así la llamaba a veces a Verita, cosa que no le gustaba mucho) hacia las calles del centro. La ciudad ronroneaba como un gato obeso y demente al son de los generadores de los pocos edificios y negocios con luz. Nosotros, los del arrabal, vivíamos a oscuras. Yo comía siempre en lo de Minga, una señora rica con campos en Villasol que le daba de comer a toda la cuadra.

Mi pequeño lujo era el francés. Poupée rouge, viens avec moi, on va au cinéma, le decía a Verita. Y caminábamos cientos de cuadras, de la mano, hasta el Barrio de los Cines. En las esquinas tocaban bandas de poscumbia. A veces había poetas locos que, por un paquete de fideos moñito, agarraban diccionarios y componían versos al azar, disparando palabras elegidas a dedo. Por ejemplo: moler pan fuga zen transfusión papá. A ellos les gustaba llamarse "posborgianos" y se referían siempre a la lotería de Babilonia o a la biblioteca de Babel. Yo trataba de no escucharlos, pero Verita me llevaba de la mano a esas esquinas y se divertía.

El Barrio de los Cines era el único distrito de la ciudad con luz eléctrica pública, en donde se notaba la presencia del Estado. Lalalandia, primeros exportadores mundiales de ficción, decían los carteles de propaganda a la entrada de cada cine. Veíamos películas toda la noche, hasta la mañana siguiente, películas sobre gauchos caníbales o gánsters rumanos que en París daban el gran golpe, tomaban el poder y bajaban la desocupación.

De vuelta al barrio, pasábamos por lo de Minga a ver si había algo para picar, y después nos tirábamos a dormir. Verita a veces me decía de irnos bien al sur, a la chacra de su tía Coca, pero yo seguía pensando en los gánsters, y la abrazaba hasta sentirla, la abrazaba como se abrazaría una llovizna terrícola en medio de un paseo por Marte.

19 de diciembre de 2013

buenos aires 19 de diciembre

todo lo que imagino es real,
se me ocurre pensar sin mucho sentido mientras agarro florida derecho
y me mando a falabella.

elijo tres remeras y busco el probador
y me encuentro con una cola de hombres urgentes y me digo claro,
cómo no me di cuenta es navidad.

pilas de hombres con pilas de cinco, seis prendas
el tipo de seguridad que comenta que ahora los hombres son las mujeres
y que las mujeres son los hombres.

termino probándome las remeras en cualquier espejo,
dejo las tres en cualquier parte, encuentro otra y me llevo esta,
le digo a mi vendedor interno.

salgo y me meto en una librería
hay un vendedor de lentes, joven y atildado, con cara de asco
hay dos tipas que le están pidiendo un libro que es del papa o sobre el papa,
y autografiado por el papa.

me divierte porque el vendedor no disimula la cara de asco
su cartelito en el pecho dice que se llama "facundo no sé cuánto quiroga"
no llego a leer el segundo nombre
juro que se llama así.

pienso que tiene el nombre más argentino de todos,
que tiene el nombre del personaje más importante de la literatura argentina
pienso que un vendedor de libros, en buenos aires,
tiene el nombre del argentino más salvaje.

este facundo, casi de frac,
es salvaje e inmundo
con sus clientas.

luego facundo me dice sos el primero del día que me pide un buen libro
y le digo es la navidad,
como calmándolo,
como diciéndole que todo esto ya va a pasar,
que un día triunfará la civilización en estas pampas,
que ya no habrá más gauchos que lleguen a la cima del Vaticano.

salgo de la librería y
me voy pensando que es posible todo esto a la vez,
las fanáticas del papa y facundo quiroga, el culto.

en buenos aires es posible todo?

compro el libro y ya llego a un obelisco ardiente,
y hay humo y policía y calor
y me acuerdo del obelisco nevado del 9 de julio de 2007
y no me acuerdo de ningún obelisco de diciembre
sin humo ni policía ni calor.

veo a los turistas:
hay una buenos aires para los turistas de paquetes turísticos en hoteles módicos
esa es la buenos aires del obelisco

nunca hay mochileros de san telmo ni viajeros gourmet fotografiándose en el obelisco
pienso que las cañitas también es buenos aires
y que todo lo que imagino es buenos aires también.

también el parque rivadavia
la pecera en el mar
la quieta luz de un farol
la isla de tiempo verde te acordás

que se tomó un mate
que se fue abrazando la noche
que se subió un segundo después
al bondi de la avenida infinita.

todo lo que imagino es real,
y me digo a mí mismo que no es una frase original
que seguro si la googleo la encuentro dicha por miles.

me digo eso y ya estoy en el subte,
llego a números rojos en la sube,
y nunca me pasa eso, me incomoda.

saco el libro y leo algo sobre la generación beat
sobre su mundo de escritura automática
algo sobre la desesperación y sobre la ilusión
que imaginaron.

final del recorrido, dice la voz.

7 de septiembre de 2013

Bernal Oeste

Los primeros habitantes salen
a festejar el sol de los vivos

Bernal. Veo desde el colectivo el paisaje de una primavera precoz. En Bernal las mañanas tienen más sol. ¿Alguien sabe por qué? ¿Qué renace ahí cada día? El bondi se va llenando, pero no me animaría a preguntarlo en voz alta. No sé qué tiene este lugar pero acá la luz cae a baldazos desde el cielo y se estrella contra los árboles, las piedras de las casas, la brea de las calles sin tránsito. Un amigo mío dice que para él Bernal es el mejor lugar del mundo. Qué se yo del mundo, pero es cierto que Bernal me hace escribir cosas que en unos años me van a dar risa. No sé qué hay en Bernal, qué dispositivo de ligereza se activa acá. Bernal por la mañana es un concierto de esos de Mozart en que las gordas cantan con fruición. Ah, el pasto verde. Te lo firmo: el pasto bernalense es más verde que en Quilmes. Y por el centro porteño, barrio de calles como pozos, la gente comenta, a veces, que el pasto existió el finde que pasó.

Mirando por la ventanilla pienso que no estuvo mal que el tren no funcione, para así elegir el colectivo y pasar por lugares así. Después me voy a pasar el día acordándome de la plenitud de esas calles. Finalmente Bernal se termina y ya estoy en la autopista. Me acuerdo de que Albert Camus confiesa que el renunciamiento a la belleza exige una grandeza que a él le falta. Pienso en otra variante: esa grandeza para renunciar a la belleza es la misma que se necesita para renunciar a la tristeza. Ser un poco o bastante cáscara. La grandeza de una boya que nunca se hunde en el océano infinito. ¡Nunca se hunde! Mi lengua se pregunta si una boya tendrá sabor. Creo que se engaña solamente porque "boya" tiene nombre de fruta. Hay en ese flotar una virtud, a la vez que un renunciamiento a ser ola, sal, calma o tempestad. Ser sólo boya. Qué bueno, qué malo. No sé qué pensar.

Es que la tristeza: ¿qué hacemos con la tristeza? Bien se puede disfrutar del sol de los vivos, ¿pero después qué? No se puede ser poroso a la carta, a gusto y placer. La boya no es boluda y esto lo sabe bien. Por eso camina sin remordimientos y hasta orgullosa de su firme logro cotidiano. 

De todos modos, la mañana no se desintegra sino que se prodiga en pedazos. Tomo nota. Hay las boyas. Hay también los que se reverencian ante Apolo y puede que después, obsesivos, generen la sombra con sus cuerpos encorvados. Trato de escribir bien eso para no olvidármelo. Y también, laboriosos, ciertos habitantes van recolectando las chispas. Encuentran el brillo, como pueden. Chispas en las copas de los árboles, en las patitas ávidas de los perros, en el punto superador en que el llanto y la risa son una sola cosa. También hay chispas que cayeron en ojos. No se apagan por mucho que laburen los párpados.





12 de julio de 2013

La pared

No sigas siempre en la pared
tan fría está

Puedo hablar bien de las paredes que me protegieron y de las paredes en general, porque suelen ser vistosas y encima siempre se portan de diez en eso de mantenerse endurecidas. Y la vida, a veces, se convierte en pared. 

Pasás por ejemplo la infancia en el patio de casa, en tu jardín del fondo. En ese pasto se corre y se imagina, se juega y se define tu mundo de grillos, húmedo y musgoso. Y también está la pared. Contra sus ladrillos pateás la pelota y ellos, soldaditos ejemplares, siempre te la devuelven. Amás la compañía de la pared. Y su poder traicionero: cada vez acumula más, y todo se va dando lentamente hasta que una nochecita de enero te encontrás tocando con fruición un ladrillo de la pared, tan calentito está, tan calentito que parece tener vida adentro.

¿De dónde viene ese calorcito? No se te ocurre pensar en la energía acumulada del sol durante las horas de más calor; no sé si los niños se fijan mucho en el sol. Se te ocurre en cambio pensar en los seres de la pared; así te gusta llamar a una especie de sombras internas que imaginás deslizándose entre los ladrillos, como humanoides finísimos y melancólicos sólo provistos de contorno. Algo así como los dibujos de un borracho en la clase de geometría, pero con la diferencia de que estas figuras invisibles se mueven. Se te ocurre que estas sombras son las que se cruzan, se rozan y, en ese contacto, se aman: así producen en la pared el calor; así la pared produce su propio calor. Y no, no te das cuenta del sol.

Tampoco de otras figuras que se van definiendo más acá o más allá de la pared: no te importan. Aunque a veces las percibís y tu piel se eriza por unos segundos. Vos mismo sos una más de ellas. Pero luego te quedás mirando fijo la pared, su disciplina feroz, su cemento desparejo y fiel, el naranja fulminante del ladrillo a las cuatro de la tarde, y su triste y fotogénica fosforescencia cuando atardece.

A tal punto llega la demagogia de la pared. Pero más adelante, y sin que sea tarde, descubrís que en francés pared se dice mur. Pensás en un muro entonces, y la nueva connotación te asombra. Luego en un planeta gris, pelado y recóndito, a 200 millones de años luz. En sitios así no puede tener lugar la vida. Ni siquiera la de los seres de la pared, esos movedizos humanoides internos de tu infancia.

Y luego, oportunamente leés:

Del otro lado de la reja está la realidad,
de este lado de la reja también está la realidad;
la única irreal es la reja.

No querés ahora ablandar el ladrillo o traspasarlo. Tampoco querés imaginar de más. Simplemente te movés, y te quedás ahora más acá o más allá de ese ser sordo y macizo en que alguna vez perseveraste.




6 de marzo de 2013

Tu piedra y tu espejo

Sobreviviste, creés. Después de haber andado pedazos de camino, milagrosos andamios entre la destrucción, encontrás una piedra segura donde sentarte. De los barcos bajó un día el estruendo, y luego tu recuerdo se vuelve negro y naranja, una casi monotonía que aún no lográs pensar. ¿Fue de los barcos o fue de las montañas? Ahora ya no hay temblor ni gritos, pero las palmeras siguen creciendo entre la nieblahumo. Lo que fue tu mundo es ahora una pared de aire ácido que se te pega a la garganta. En la piedra, a salvo, te consuela chupar de tu preparado líquido, amargo y burbujeante. 

Asistís así, desde tu piedra insólita, al día después. Los que alguna vez fueron tus iguales ahora te son extraños. Los ves pasar en filas y son apenas espaldas furtivas que te miran. Son ahora los esclavos de un cielo de tiza. Vos no sabés todavía qué sos, pero no es ese color tu señor ni tu cielo. Imaginás, en cambio, dos ojos. Que los imaginás no es exacto: los concebís. Los buscás. 

¿En qué rostro caberá tu asombro para saciarse? No dejarás de buscarlo de ahora en más. Un espejo reconocible. Intentás volver a dibujar una flor y después un jaguar. El color te quedó, comprobás. Entonces con algún resto de paz volvés a chupar de tu bebida. Tuviste que hundirte en la noche para poder sobrevivirla. Ahora, después de días de haberte fundido con el temblor, volvés a escuchar el mar que no se cansa nunca de afirmar su arrullo insomne. En algún lado debe estar: el mar, también el espejo. Ya recordarás los caminos, el camino, y en esta nueva certidumbre encontrás sosiego. Sos de un tiempo ya antiguo, tan por fuera de nuestros calendarios que en realidad pasás a ser parte de lo que no cesa de ocurrir. En ese tiempo sin números, se libra tu suerte, la forma de tu huella, y puede que no haya otra manera de librarla, repitiéndola en todos los suelos y sueños posibles.

26 de diciembre de 2012

Hermanos

En una estancia en las afueras de la ciudad, los dos hombres se sientan en dos banquetas y respiran la luz anaranjada de una tarde transparente. Saben que ahí estarán seguros al menos por un tiempo; ya tocará volver a subirse a los caballos y huir. El sol es todavía de noviembre: no calcina, abraza. Hace una hora se están pasando el mate, sin hablar, bajo la sombra de una parra cómplice. ¿Hace cuánto que se subieron al caballo, para no bajarse nunca más? Se preguntan en silencio cuándo habrá sido la última vez que disfrutaron de una paz así. Uno de ellos piensa vagamente en el parco rasgueo de una guitarra: es él mismo, diez o cien años atrás, acurrucado en el rincón de una tapera ya imposible. En las arrugas de la frente se les dibujan caminos parecidos a los que vienen secuestrándoles la calma perdida. Anduvieron juntos y separados; pelearon en el mismo bando y hasta alguna vez, suponen, el azar los enfrentó. ¿Cómo saberlo con certeza -y para qué-? Atrapados en una sola monotonía, en un único gesto, lucharon una vez contra el color rojo y luego a favor de este. Hoy ya no pelean, o sí: la pelea consiste en escapar. No andan: disparan. Llegaron a una vejez en que, por las mañanas, el resplandor del horizonte les asusta. Son hijos de un estruendo, de un mismo alarido. Ese fatalismo borgeano los hermana. Y en aquella tarde repleta de aire, piensan que en realidad el infierno ocurre ahí, bajo la parra; el infierno es comprender que esa tarde nunca volverá a repetirse.

29 de octubre de 2012

Aterrizaje en Barcelona



A veces tengo sueños malaleche, arteros, y la misión de volver a la realidad me cuesta un perú (o por qué no un australia o incluso una unión soviética). Se trata, entonces, de aterrizar con elegancia, disimulando el caos. Y sobre todo es terrible si estoy de viaje. En casos así, al despertarme, se me aplica una doble patada al riñón. Despierto y no entiendo el sueño del que caí, pero tampoco dónde estoy. A la modificación de la realidad cotidiana que opera el viaje, se le agrega esta otra puntual, la que me aplica el sueño malaleche. Esta segunda patada proviene de adentro y no tiene que ver con levantarse y ver por el balcón una callejuela llena de banderas catalanas. Es demasiado.

¿Con qué soñé? Sólo sé en concreto que se trata de los fantasmas. En este caso de los míos. No alcanza con viajar para despistarlos o perderlos. Como no son corpóreos, caben en cualquier valija y uno anda llevándolos por todos lados. Son los fantasmas, claro, pero igual me levanto, y sé desde los tres años que tengo que mear, cambiarme, comer algo y salir. Alguien que se está untando un pan con mermelada me dice where are you from y logro responder bien, o sea, lo de siempre. Es un buena señal. Es que hay una parte nuestra, la práctica, que nunca deja de funcionar. Luego viene el café y las charlas sobre los últimos goles de Messi, que también harán lo suyo e irán poniendo cada cosa en su lugar, como nos cantaban las señoritas en el jardín de infantes.



28 de septiembre de 2012

Pas photogénique, mais si beau

Hay lugares no fotogénicos. A veces los traiciono y les saco fotos porque hay en ellos una especie de indicio, una disposición feliz. Pero fracaso. No puedo hacerles durar la belleza. A otros, en cambio, les basta una foto para que medio mundo se les enamore. Así sucede con París, con un atardecer de al menos dos colores,  o con casi todas las playas del mundo.

Pero la belleza del resto, lo no fotogénico, demanda mucho, exige un trabajo de extracción que te absorbe y te pierde. Cuidado porque al menos tenés que pasarte una temporada en un lugar así y vivirlo. 

Pero además de vivirlo
te vive también. 

Hasta te exige que hayas nacido ahí, 
o sobre todo que una parte tuya, hasta ahí latente y tartamuda casi, 
lo haya hecho. 

Ahí nacés un poco más, pero se me hace que el prodigio es mutuo.
El lugar y tu caminarlo.
Lo vivís y te vive, te nace y lo nacés. En el lugar queda un aire raro, 
producto de la vida que exhalás, 
y así es que se escapa tu aporte.

Pero es un trabajo casi inhumano, casi tosco, una erosión rasposa de las baldosas que recorrés. 

Sólo así se van embelleciendo los barrios de casas bajas o la gambeta urbana 
de un autobús voraz y constante. 
De otro modo, sacándoles una foto por ejemplo, pasan por vulgares y monótonos. 

Así será entonces, 
es que de qué modo sacarles una foto en que se filtre el sol, 
y sus ideas de futuro que nos encaja. 
No hay modo. 
De qué modo aplastar en una foto el vaivén de los días caminados, 
llenos de palabras pateadas -shh en silencio-
y de placeres furtivos.
Menos modo todavía. 

Lo no dicho va tiñendo de a poco
el mástil, el paso cebra, 
lo que no verá tu foco.

¿Qué dispositivo definirá bien una terminal de ómnibus, su cíclica ambigüedad de alba y esperanzas rancias? 

Sentado en su piso, entre cementerios de colillas y restos de yerba, 
si parás un segundo la mente, 
se te revelan todos los caminos. 
Y los perdés después, 
y qué te creés
no hay foto que valga.

En una baldosa rota, quizás tu universo. Pero eso no lo sabe decir una foto. Tal vez, ya lo sabré o no, algo parecido pase con la gente fotogénica y la que no lo es.

31 de agosto de 2012

On ne tue point les idées


Esta idea, como suele pasarme con ellas, se me presentó sugerente, casi imperativa. La vi, me vio, y entonces me lo dijo: "Escribime". Hice lo que pude por resistirme, y esta vez lo logré: pasé de largo. Pero otras veces, demasiadas para mi gusto, la idea me conquista, y me convierte en un autómata que tipea y tipea para ella. El resultado es que escribo sin pensar y, cuando termino, la idea ya no está más. No la encuentro en lo que escribí y su mirada sugerente ya no está ahí, necesitándome. Y al final, atontado, nunca entiendo si es que la traicioné o me traicionó.

Uno o dos meses después, las ideas suelen volver. Reaparecen ya sin el brillo y el encanto irresistible de antes, pero esta vez más sinceras y despojadas, como si hubieran pasado una temporada en una playa fresca, mirando fijo el mar. 

Esta idea me volvió recién, menos salvaje, y la compré. Más o menos me hace pensar esto: que, para algunos, la belleza puede ser la infancia. Hablo de belleza en términos arquetípicos. Cada vez que reconocemos algo bello, no hacemos más que encontrar una sensación que tuvimos de chicos. Un chico, al ver una cosa la ve por primera vez. Y si esa sensación es feliz, se forma entonces un modelo permanente, y que jamás doblegará, acerca de lo que para él constituye una perfección. Puede pasar con el mar, un peinado cercano, el sonido de la lluvia, cualquier felicidad posible. El primer encuentro con un cuento o con una canción, que para un viejo ya resulta inofensivo, para un chico puede ser el comienzo y el fin último de sus búsquedas.

31 de julio de 2012

La seule richesse

Tal vez la belleza no esté en lo percibido ni en quien percibe; ni afuera ni adentro. Si hubiera que definir su espacio, diría que se da en ese momento absoluto en que la distancia entre sujeto y objeto, esa vieja dicotomía de la percepción, queda disuelta en una vibración conjunta. Sujeto y objeto, al fin despiertos, juegan a que no son.

Es ahí que aparece el universo. 

La sensibilidad no es un propiedad mía: es un hecho, con todo el peso de la realidad. Y si la sensación de belleza es algo real, entonces no puedo provocarla. No puedo más que prepararme para ella. 

Afino mis nervios, despejo mis sentidos. Si no me aclaro a mí mismo, podría pasarme de largo. A veces es como treparse a uno mismo o quemar una cortina, otras es hundirse en una lentitud acuática. 

El momento al fin llega. Sólo me queda ver y escuchar. Y callar.

8 de abril de 2012

Los caprichos del compás

Releemos varias veces una cita de Martín Kohan, rescatada de su novela Bahía Blanca: “Las ciudades, después de todo, existen más que nada para eso: para fabricar azares y ponerlos a funcionar”. Entonces lo decidimos. Más que decidirlo lo aceptamos: salimos a la búsqueda de ese azar fabricado.

3 de enero de 2012

Terra incognita

Nos juntábamos siempre en el departamento del Gordo Pocho, un 10º G del barrio de Colegiales. Corrían los primeros años 90 y vivíamos una adolescencia de rasgueos desafinados, posters con cinta scotch, bicis voladoras, VHS con jugadas de Maradona y algunos libros de culto. Promediábamos el secundario e interrumpíamos esa rutina sólo para pasar los veranos en la casa de Marquitos en Punta Indio.

2 de noviembre de 2011

Se la agarraron con el viento

Ayer salí a dar una vuelta por Quilmes en una noche ventosa, pero no fría. Yo iba bastante tranquilo, pero me crucé con una mujer que eligió quejarse: Tan fuerte va a estar el viento en esta ciudad de mierda... Escuché cada palabra y comprendí, entonces, que el viento es uno de los grandes enemigos declarados del sentido común.