Se sentaba y al rato aparecían las primeras lágrimas. Eran de golpe: una explosión, como una tormenta de verano que no te da tiempo a correr o a abrir un paraguas. Lloraba como quien va al baño, mediante un mecanismo directo, conocido y eficaz: rutinario.
Nunca lloraba en el trabajo o con su mujer presente. Cuando estaba solo, se sentaba en una silla del comedor o se tiraba en su cama, y esperaba. Siempre, sin excepción, se le empezaban a aparecer distintos móviles para el llanto. A veces era un pedazo de letra de una canción; otras, el recuerdo de un rostro de perfil o de un patio vacío, con un mástil o unas hamacas en el centro.
La explosión no era inmediata, sino que requería de unos cinco minutos de gestación. Se sentaba y esperaba. Los primeros móviles siempre fallaban, o tal vez iban ejerciendo un efecto acumulativo. De repente, uno de éstos, cualquiera, alcanzaba a tocar el botón correcto y activaba la máquina de humedad en sus ojos. Se acordaba del nombre de su tortuga, por ejemplo, y las compuertas cedían. El llanto no le salía armónico, sino monstruoso: se le hinchaba la cara y abría la boca hasta que le dolía, hasta que no podía estirarla más.
El llanto duraba de cinco a diez minutos: no más, no menos. De repente, el tanque se vaciaba y ya podía levantarse, enjuagarse un poco la cara, y salir a trabajar o a buscar a la nena al colegio, como todos los días.
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