2 de agosto de 2010

Oraciones reflejo

“Qué nochecita”, pensás, aunque de pensamiento tenga poco. Es en verdad una oración reflejo, una de las tantas que, cada tanto, te irán avisando que afuera hay un mundo. 

Decís: “Qué nochecita”, aunque la noche, de nochecita, tenga poco, porque ya son las nueve de la mañana y la ciudad ya ha arrancado como siempre. ¿Cómo terminaste así? Un abismo de incomprensión, como el que habría entre un mapuche y un corredor de bolsas, se abre entre el mundo y vos. Te dirigís a una boca de subte que conocés bastante bien. Quizás es por eso que, sorprendentemente, tus piernas pueden ir solas, sin vos.

Pero no es incomprensión ni es abismo. Perdón. Ni hay ningún desajuste antropológico. Esas fueron metáforas tan pretenciosas como fáciles. Simplemente no estás. Pero todo lo demás sigue su curso. Caminando por una avenida mientras el sol barre las veredas, te das cuenta de que sos prescindible.

Tu pensamiento se pierde por pasillos que son como muñecas rusas. Siempre hay uno dentro de otro: una vez que pasaste al que sigue, te cuesta un horror volver atrás. Dentro de cada muñeca, tu mente va contemplando hologramas, figuritas de alta densidad. Te retumba la cabeza y en la calle hace un frío espantoso, pero no lo sentís. Por una tímida molestia que te pesa en la vejiga, sospechás que tenés ganas de hacer pis, pero nunca dejan de ser ganas virtuales. Te ocupan otros asuntos.

De repente, algo involuntario, lo mismo que te impulsó a decir: “Qué nochecita”, te mueve ahora a armar otras oraciones claras y firmes. Sos como un estudiante de español que ya habla brillantemente, aunque sin espontaneidad. Lo tragicómico es que te criaste en Temperley. Te cuesta que salgan las frases pero, una vez que salen, su perfección es cristalina. Cada tanto, entre las muñecas rusas llenas de hologramas, pensás:

“Estoy yendo por el andén del subte, haciendo combinación”.

“En este vagón, hay unos muñecos de barro sentados enfrente de mí. O quizás están hechos de chocolate o de goma marrón.  Ya sé que son personas”.

“Debo esquivar a la gente que viene en dirección contraria a la mía”.

Te sorprende tanta precisión. Entre cada sentencia, verdaderos anclajes en el mundo, aparece el vértigo: la seguidilla de figuritas de alta densidad. Si pensás en alguien, es como si esa persona estuviera ahí, es como si pudieras tocarla y penetrar sus secretos más guardados. Sabés que de ningún modo es así, pero igualmente te divierte ir ensayando el método con personas del subte o con conocidos de la nochecita que ha terminado.

Por ejemplo: aquel, el de mirada de águila, de chico soñaba con pilotear aviones.

¿Cuánto pasan? ¿Dos minutos? ¿Diez? Seguís en el subte, ya falta poco. Bajás. No supiste cómo, ¡pero bajaste! Una parte tuya, que vos no manejás, te mantiene aferrado al mundo, te dirige como si fueras un muñequito de Play Station. Te hace caminar sin que te choques con ese, ni con ese otro, ni con aquella. 

“Falta un minuto para que salga el tren. Debo correrlo”.

“Si voy a una ventanilla de pago exacto, haré más rápido”.

“Perdí el tren, ahora debo esperar unos minutos en el vagón del otro, hasta que salga. Debería dormir de acá hasta llegar a casa”.

Las oraciones reflejo son, en el fondo, una torpeza. O son un remiendo de la torpeza de no estar. En efecto, lo que esas oraciones dicen es contenido implícito en las mentes de todos: de todos los que están, pero parece que también de los que no. A nadie le hace falta enunciarlas. Pero en esta mañana vos las necesitás para sentirte tranquilo. Y coordinarlas te cuesta, te cuesta un perú como a los brillantes estudiantes de español, que también van escupiendo oraciones prolijas, pero luego de un esfuerzo gigantesco.

Para ellos, los extranjeros, oraciones de este tipo son el resultado de un esfuerzo prolongado, de un método racional y ascendente. Para vos, en cambio, son un retroceso a un instinto, a una inteligencia primitiva que, abstemia y fiel, siempre hace su tarea, aun cuando más enrarecido estás. 

Tu mundo inmediato y cotidiano ahora no es más que una de las varias formas distantes que cada tanto va eligiendo tu conciencia. De todos modos, alcanza: es suficiente para que funciones a la hora de pedir un boleto, o para que no te choques con nadie, ni te equivoques de subte, ni te quedes dormido, ni logres abandonar nunca, del todo, tu vida de cada día.

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