“Tenés cara de loco”, le dije, y le devolví el chocolate Marroc que me había regalado. Para esa época, yo todavía era ingenua, yo todavía era una niña. Nunca me voy a olvidar de esa noche cuando, en la parada del 60, Claudio me explicó que un hombre con cara de loco puede llegar a ser mucho más que eso. “No soy sólo una cara de loco”, me dijo, endureciendo la voz, recogiendo el Marroc que yo le había rechazado. Así, intuí que ese era el comienzo de un largo discurso, y no pude parar de escucharlo.
Digo que se llamaba Claudio, pero en realidad nunca supe cómo se llamaba. Tenía cara de Claudio, además de tener cara de loco. Me acuerdo que era una fría noche de junio y la avenida Santa Fe ya empezaba a desplumarse. Yo salía de la clase de danzas y ya había cumplido los quince, pero todavía era una niña. “Carla, no aceptes nada de gente con cara de loca, ni de Claudios, ni de cualquier persona”, me repetía la abuela Marta cada noche, antes de irme a dormir.
—No soy sólo una cara de loco, flaca —me dijo, y noté un cambio en el tono de su voz. Hasta ese momento, Claudio me había hablado con voz de pavote, con la voz que usa todo hombre cuando quiere seducir chicas que nunca le darán bola. Pero ahora Claudio me hablaba con un tono de hombre superado: había pasado del arte de la seducción al de la explicación. Quería hacerme entender cómo era la vida.
—Carla me llamo, no “flaca”. Y perdoname si te ofendí.
—No me ofendés, Carlita. ¿Sabés? En algún tiempo me habrías hecho llorar. Yo pensaba, como vos y como todo el mundo, que tener cara de loco era un problema. Ahora ya no.
Me hablaba con tanta seguridad y con tanta suficiencia que se me hacía difícil imaginarme a Claudio tapándose la cara y llorando a moco tendido, como un nene en penitencia. Yo solamente escuchaba. Pasó el 60, pero ni él ni yo atinamos a pararlo.
—Se te va el bondi, flaca.
—No importa, seguí.
Claudio se encogió de hombros y encendió un cigarrillo. Poniendo su mejor cara de loco, prosiguió:
—Todos me decían lo mismo, que tenía cara de loco. Las preceptoras, las tías, las azafatas de camión. Me acuerdo de una profesora de inglés, pobrecita, que quería ser buena conmigo y me llamaba “inscrutable eyes”. “Ojos inescrutables”, ja.
—Para suavizarlo. No se animaba a decirte “crazy eyes” y listo —acoté yo, increíblemente locuaz, llena de miedo y de adrenalina a la vez.
—Exacto —asintió Claudio, sonriéndome y mirándome a los ojos con esos ojos brillantes y únicos. Habíamos entrado en confianza. Después de un silencio, agregó:
—Yo sufría mucho porque tener cara de loco no es lo mismo que ser loco. El loco no sufre. Yo, que era chico, pero inteligente, sí. Ya me imaginaba todo lo que sufriría en el futuro, las injusticias que tendría que padecer.
—Que las chicas te rechacen los chocolates, por ejemplo.
—¡Ja! Sí, por ejemplo. Pero imaginaba cosas aún peores, que luego, efectivamente, pude comprobar.
Los ojos de Claudio habían dejado de brillar. Ahora una nube de resentimiento oscurecía su mirada. No me miraba, no sé si por vergüenza o porque no quería tirarme el humo en la cara.
—¿Estás segura de que me querés escuchar, Carlita? Ahí viene otro 60.
—No importa, seguí.
Pasó nuevamente el 60, rugiendo como cuarenta motos juntas. Luego, otra vez el silencio. Claudio aplastó el cigarrillo contra la vereda y después continuó:
—Me di cuenta muy rápido de que iba a ser un marginado del sistema, de eso que un profesor de Historia barbudo llamaba “el capitalismo salvaje”. Otro que tenía cara de loco.
—No entiendo —confesé. (Mis profes de Historia estaban afeitados y sólo me enseñaban las fechas de las batallas).
—Claro, que no iba a conseguir laburo nunca. ¡Ahora es todo tan distinto para mí! Pero en esa época, Carlita, todo era difícil para los chicos acomplejados como yo. Vos te salvás porque sos linda. —Era la primera vez que un hombre me decía "sos linda” con voz de pediatra o de abuelo, no de pavote. Por eso le creí, y me sentí bien.
—Gracias. ¿Y entonces? ¿No conseguías nada?
—¡Ni a palos! Terminé el secundario y fue una tragedia. Iba a las entrevistas recién bañado, recién afeitado. Había cambiado la colonia Paco por perfumes importados. Pero nada, era un rechazo tras otro. Y después hasta dejaron de llamarme. Mandaba los currículum y nada. Un día, desesperado, llamé a una de esas agencias de trabajo para averiguar qué pasaba. Luego de expresar mi inquietud, un tipo sincero y bien hijo de puta me dijo: “¿Sabés lo que pasa? Tenés cara de loco”.
Pobre Claudio. Cuando dijo eso, me morí de culpa. Me dieron ganas de abrazarlo, de decirle que no nos diera bola (a nosotros, las caras de cuerdo, las caras cuerdas); de decirle, por ejemplo, que todos los genios tienen cara de loco. Pero no me animé. Solamente atiné a decir, por decir algo:
—Un forro.
—Sí. Me acuerdo que me pasé toda esa noche sacándome fotitos con la camarita web. Y ni una, pero ni una rescatable. En todas la misma cara de loco.
—Pero es terrible lo que me contás. ¿Por qué decís que ahora ya no es más un problema?
Tanto él como yo estábamos esperando aquel momento, aquella respuesta:
—Porque un día mi suerte empezó a cambiar. Me llamaron y me dijeron que me presentara en tal dirección, creo que por Congreso. Fui con mi cara de loco puesta, como siempre. Cuando llegué, sin más preámbulos, me dijeron: “Desde mañana, vas a trabajar de empanada”.
—¿¡De qué!?
—De empanada, ¡claro! De esas que te reparten volantes en la calle. ¿Nunca las viste? ¡Trabajé de empanada y fui la mejor empanada del mundo!
Me quedé sorprendida, no sabía qué decirle. Claudio había pasado de ser un tipo serio y melancólico a ser un tipo alegre y jodón. No sabía con qué Claudio quedarme, o a qué Claudio creerle.
—Ah… ¡Empanada, claro! ¿Y seguís en eso?
—¡No! ¿Qué decís? Ese fue solamente mi primer trabajo, la puerta del éxito. Después de ser empanada, me di cuenta de que el mundo estaba lleno de oportunidades para la gente como yo. Luego hice de extra en las publicidades de La Serenísima. Más tarde, me desempeñé como reidor en los programas de Alejandro Fantino. Yo era uno de esos boludos cuyas caras no salen nunca al aire.
—Increíble, ¡con Pancho Ibañez!
—Sí, y eso no es todo. ¿Sabés de qué estoy trabajando ahora?
—No, ¿de paquita de Xuxa? —aventuré, ya más relajada, predispuesta al delirio de mi increíble amiguito.
—¡Ja! No. De spiderman, en el trencito de la alegría. Sí, señora, soy el hombre araña. Es así, soy ideal para toda profesión en la que mi cara no tenga que salir en primer plano.
—Bueno, te felicito entonces.
—¡Gracias!
Sacó el atado de cigarrillos y me miró cálidamente.
—¿Querés uno, Carlita?
—Te agradezco, no fumo.
—Qué raro que no llega el 60. —Claudio parecía ya haberme dicho todo lo que tenía para decirme—. Bueno, ahora ya sabés por qué no me puse a llorar con tu comentario. Soy mucho más que una cara de loco.
Fue entonces que me acordé de mi maldad y del chocolate que le había rechazado.
—Esperame un minuto —le dije.
Yo seguía sintiéndome culpable. Entonces, crucé entusiasmada hasta el quiosco de enfrente para comprarle una bolsa de caramelos. Cuando estaba pagando, vi que el 60 frenaba justo en nuestra parada. Luego aceleró, rugiendo como cuarenta motos juntas. Busqué el humo del cigarrillo enfrente; busqué la mirada brillante y única. Pero la cara de loco ya no estaba más.
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