12 de agosto de 2010

Pobres palabras

Las palabras son sonidos. Uno, dos, tres sonidos. Van de acá para allá en el renglón y juntas construyen, como sonidos que son, una cierta música. Al menos así solían ser cuando niñas, así de inocentes. ¿Por qué, entonces, ahora se las carga con tantas obligaciones? ¿Por qué arrastran la pesada tarea de tener que educarnos o develarnos la verdad del mundo? No sé si estaremos a tiempo, pero algún día deberíamos devolverles un poco de esa inocencia perdida. 

¿Cómo fue que las palabras devinieron viejas serias y encorvadas, recelosas de sus secretos? Por ejemplo, es como si a la palabra amor, al cumplir los 18 años, le hubiéramos dicho:

“Bueno, amor, ahora ya eres grande y madura. Tu padre y yo no te pediremos que estudies abogacía ni medicina, pero basta de poesía, por favor: ahora te exigiremos que signifiques algo”

A partir de entonces, las palabras se volvieron solemnes, como esos curas a los que se les pregunta por algún misterio básico de la religión y ponen cara de: “Hijo mío, la respuesta está dentro de ti”. Y solemne se volvió, entonces, la lectura. Desde chicos se nos impone, majestuosa y letal, la idea de que hay que leer. Es el onceavo mandamiento para los cristianos de clase media. “Si no leés, sos un bruto, vienen los imperialistas yanquis y te comen”. Pedagogos y filósofos ignoran la efectividad de la psicología inversa: preocupados, no paran de alertar a la juventud de estos peligros y avisan redundantemente: “¡Chicos, los libros no muerden!”. Digo “redundantemente” porque está claro que los libros, como cosas que son, no han logrado nunca desarrollar mandíbulas ni colmillos feroces.

En realidad es al revés: las palabras sólo están agarraditas a una hoja y no paran de temblar de pánico ante los colmillos que ven asomarse entre los labios de los lectores.

Lo más terrible es que mientras tanto crecemos escuchando música alegremente. Nadie nos dice que hay que escuchar música porque así seremos libres, sabios y gozaremos de autodeterminación. Sin embargo, la música, pese a no gozar de esa mega propaganda, es lo primero que cala hondo en todos o en casi todos; es la primera expresión artística que clasifica nuestros recuerdos, que vincula sentimientos y nos convierte en seres inmensamente tristes o inmensamente dichosos. La música es, de entrada nomás, una verdad evidente, tan cierta y necesaria como el aire. Nos divertimos bailándola en los asaltos y en los cumpleaños de quince, y lloramos profundamente cuando nos hace acordar a algún amor trágico de la primaria o de nuestra juventud.

Pero el asalto termina el sábado a la madrugada. Luego llega el lunes y las profesoras de literatura del secundario, majestuosas y letales, nos abruman con observaciones como las siguientes:

“¿Qué quiso decir el autor con la cuestión del vómito de los conejitos? Evidentemente, se trata de una alegoría implícita…”.

“Punto dos: Romeo y Julieta es la historia del triunfo del amor por encima de la muerte.  A) Analice esta aseveración. B) Justifique”.

“Este es un poema de amor. Aquel otro, en cambio, se ubica en la esfera del compromiso político”.

Pufff.

Por otro lado, ¡pobres palabras!, las campañas publicitarias —organizadas por la hipocresía estatal o por empresas editoriales— llenan de slogans la calle y la televisión:

“Leer es bueno”.

“Apague la tele y lea un libro”. (Sí, lo he visto a Fantino transmitir este mensaje al pueblo).

“Un hombre que no lee es como un pájaro que agoniza en los rieles de la estación Sarandí”.

Como si las palabras no tuviesen ningún valor en sí mismas, como si fueran tetas caídas, insistentemente se vive cargándolas de sentidos externos, esos push up de mal gusto que vienen a rescatarlas de no se sabe qué herida mortal: “¡Las palabras, señores incultos, hacen bien —afirman los push up del lenguaje—, elevan el alma, dicen cosas trascendentes, son la respuesta a todas las preguntas, reflejan la realidad de nuestro tiempo!”. Etcétera. Siempre hay algo más detrás de las pobres palabras, un valor agregado que ellas nunca solicitaron. ¿Es que no les tienen fe?

Mientras tanto, a las notas musicales, hermanas de las letras, nunca se las justifica. Andan sueltas, al aire libre, como las tetas de las mujeres amazónicas. Con ellas hemos sido infinitamente más permisivos, más buena onda. Al cumplir los 18, a la música le dijimos:

“Acérquense, jóvenes: do, re, mi, fa… ¿están todas? Bueno, alégrense: con su padre hemos decidido que no vayan a la facultad. Ármense un bolsito y sean hippies, recorran el mundo: ¡a partir de ahora, serán el lenguaje universal!”.

Nuestro primer contacto con la música se da sin mediaciones moralizantes o filosóficas. Nadie se cuestiona qué quiso decir Chopin en tal o cual nocturno ni qué fragmento de realidad pretendió destacar. Tampoco se le asigna la empresa faraónica de tener que cambiar el mundo o dirigir la mente de los hombres.

La amarga consecuencia de esta sobrevaloración (¿o subvaloración?) de la literatura es que se la convierte en fetiche, se la pone en un pedestal, se la endiosa. Pero, como todo Dios, Ella también es inalcanzable, salvo para aquellos mártires que estén dispuestos a sacrificarse, o sea, a leer y leer: rezá porque está bien, leé porque está bien.

A lo que cabria agregar: no porque encuentres verdadero placer en ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario