—Bueno, pero vos me parece que estás imposibilitado de ver las pequeñas cosas de la vida.
—¡No! Pero yo LO VI. ¡Lo viví! Lo juro. ¿Por qué decís que lo olvide y punto?
—Porque ya está. Qué sé yo, ya ves. ¿No ves a la gente? También desean cosas, pero todos caminan y describen prolijas órbitas. Son tan heroicos como el sol.
—Pero lo vi, lo recuerdo bien. Fue un día, tal vez tres. Qué importa si lo soñé o qué. Ahora todo me resulta repugnante.
—Pavadas. Ya está: vos debés de ser uno de esos locos neuróticos que buscan lo que no deberían. Y lo saben. Lo saben, en el fondo se dan cuenta, asquerosos que son.
—¿Qué decís?
—Claro, vos sos de la peor especie, te imaginás no sé qué elefante rosa y entonces no sos capaz de disfrutar de una flor, una birra, un taquito en el área, una pollerita. ¿No la viste? Te pasó justo por al lado, mirá.
—No sé, siento que no me entendés. Te creo, seguro está lleno de giles así. Pero yo no, yo lo vi, ¿me entendés? ¡Lo vi!
—¿Y?
—Y bueno, que ahora no soporto más nada. Es como cuando ves el almanaque, ¿viste? Que ves 30 o 31 cuadraditos vacíos por cada mes. Bueno, eso se me viene encima cada vez que pienso un poco.
—Pero boludo, justo con eso me venís. ¿para qué ves el almanaque? Yo ni veo el almanaque: fijate en el lindo vientito de otoño, mis chistes o los de Josecito, el fulbito los domingos, la guita a principio de mes, el feriado de mañana que justo lo pasan al lunes...
—No no no. Bueno, justo eso, ¡eso!
—¿Qué cosa?
—Eso: que puedas hacer la listita... ¿no te da fiebre eso?
—No. Pensá que hay gente que sólo hace listas de súper. Y cada vez más breves, se las come la inflación.
—¡No! ¡Basta! ¡No te soporto más!
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