31 de agosto de 2010

Otra de amigos

Pablo y Oscar son dos amigos que, a simple vista, parecen carne y uña. Pero la psicología masculina, señoras mías, suele ser infinitamente más complicada de lo que hasta ahora se ha sospechado. A continuación, veremos cómo una simple charla telefónica es capaz de mostrarnos hasta qué punto dos simples varones, Pablo y Oscarcito, son en el fondo como el agua y el aceite. La incomunicación entre amigos, ¿un flagelo que no para de crecer?

Pablo. —Hola, ¿quién es?

Oscar. —Soy yo, boludo.

Pablo. —Ah, Oscarcito. ¿Cómo estás?

Oscar. —Bien. Che, hoy hay fiesta en lo de Fernando. ¿Venís?

Pablo. —No sé, ¿sabés que no ando con muchas ganas de salir?

Oscar. —Dale, no seas puto.

Pablo. —En serio, hoy mejor me guardo.

Oscar. —¿Estás deprimido? ¿Te pasa algo?

Pablo. —En realidad, sí. Pero no sé cómo explicarte.

Oscar. —A ver, contame. ¿Es por una mina?

Pablo. —No, no.  No es nada concreto. Es una sensación de vacío, es horrible.

Oscar. —No te entiendo, Pablito. No seas boludo, salgamos con los pibes y se te pasa todo.

Pablo. —¿Viste esa sensación de imaginarte una playa en invierno? O de estar ahí. En una bahía de la costa patagónica y, en el medio, un puntito negro, que sos vos.

Oscar. —No sé. Nunca estuve en una playa en invierno.

Pablo. —O que agarrás una novela que te gusta o que dice cosas profundas, pero la empezás a leer y es como si las palabras fueran cáscaras de mandarina o de nuez. Sonidos huecos, nada más.

Oscar. —…

Pablo. —¿Hola? ¡Ey, Oscarcito!

Oscar. —Sí, ya sé. Me pasa lo mismo cada vez que agarro los apuntes de la facu. ¡Me hiciste acordar! El lunes tengo parcial, me quiero matar.

Pablo. —Con esto me vas a entender: viste cuando…

Oscar. —Hacela corta que me estoy cagando, y estoy en el teléfono de línea acá en el living.

Pablo. —Cuando no te vuelve loco ninguna mina. O peor: al mismo tiempo, sentís que necesitás a todas, a cualquiera.

Oscar. —Ah, puto y pajero a la vez. Genial lo tuyo.

Pablo. —O que sentís que todo lo que sos es falso. Una pose. Eso, ¡una pose! Que entendés que, para ser feliz, tenés que esforzarte, comerte un personaje. Uno grandote como una paella.

Oscar. —En eso te entiendo. Yo a veces también quiero largar todo. No me lo banco a mi jefe. Pero es hasta que consiga algo mejor.

Pablo. —O que estás débil, para el cachetazo. Le propondrías casamiento a la primera que te hiciera reír diez minutos seguidos.

Oscar. —Y mirá, si después entrega, puede ser. ¿Por qué no? ¿Quién no quiere una así?

Pablo. —Bue, no sé, el asunto es que estoy hecho un gil.

Oscar. —Dale, venite a lo de Fernando. Me dijo que va a estar la prima.

Pablo. —¿En serio? ¿La de ojitos claros?

Oscar. —No sé, sí, creo...

Pablo. —¿Que tenía buen culo?

Oscar. —Sí, esa. Macarena, que me contaste que te pasó el celular.

Pablo. —Sí, esa... Chateamos cada tanto. Bue, ¡ya fue! ¡Te paso a buscar en media hora!

Oscar. —Pará, boludo, que ni siquiera me bañé. Pasá en una horita maso.

Pablo. —Dale, ¡un beso papá!

Oscar. —Sos un hijo de puta. Te espero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario