Yo solía ser un tipo simple, normal. Veía fútbol y me calentaba con el referí cuando no cobraba orsai. Me reía mucho, a solas o con amigos, de la palabra “teta”. Me quejaba de la humedad con las vecinas que baldeaban las veredas. Por supuesto, celaba a mi novia constantemente. Sin embargo, con el tiempo me convertí en un intelectual, un bicho raro, un boludo importante.
Dejé de mirar culos, dejé de sufrir por goles que metía Palermo. En todo caso, ya no era que me los metía; simplemente los metía. El fútbol pasó a ser para mí el opio de los pueblos. Ni siquiera el opio: el poxiran. Dejé de celar a mi novia porque me convencí de que no debía tratarla como a un objeto. Pero empecé a notarla rara: sorprendida por mi nuevo comportamiento, a los tres meses me dejó.
Ya sin amor y sin goles en orsai, persistí en mi actitud. Empecé a interesarme en el surrealismo y me compré anteojos para empezar la facultad. Cuando terminaba una clase, consultaba con mis compañeros sobre las dudas que nos quedaban o sobre las fechas del parcial. Si la cosa pasaba a mayores, nos cruzábamos al café de enfrente y la seguíamos. Yo esperaba con todas mis ganas esos momentos, para mí era hermoso.
En los pasillos de la facultad, me cruzaba con gente conocida y comentábamos:
—Este Pérez Marangoni, qué hijo de puta.
—Sí, te podría haber hecho promocionar de una.
O si no, eran los chismes:
—Me anoté en el práctico de los lunes a las 5.
—Ah, ¿si? ¿Quién te tocó?
—Rinaldi.
—Ah, el gordito de barba. Dicen que es medio soberbio, pero que sabe mucho.
—¿Se la come?
—No creo. Dicen que anda con la de Antropología Sistemática.
Así las cosas, gradualmente empecé a deprimirme, hasta que hubo un día en que pegué el volantazo. Yo iba en taxi al Malba y era un típico “día de pileta”, como dicen las tías. De repente, el tachero me comenta lo inevitable:
—Qué tiempo de mierda, ¿no? Un día hace frío, otro día calor. Insoportable.
Pobre infeliz, no sospechaba que el anteojudo que veía por el espejito retrovisor no era un porteño más:
—Discúlpeme, pero sospecho que usted no hace más que repetir un tic lamentablemente muy arraigado entre los porteños: quejarse de la humedad, del clima o de lo que sea. Usted debería apagar Radio 10 y hacerse coger. O hacerse cargo de su vida. El porteño hace de la queja un arte o, lo que es peor, un hábito. ¿Por qué no se pone a leer a Borges? O a practicar un instrumento. ¿El violín, tal vez?
El tipo no me cagó a trompadas. Hizo algo peor: no me respondió. Pero no era necesario y yo ya había entendido todo. Al llegar, para colmo, quiso cobrarme de más. “Me vio la cara”, pensé. “Por el espejito”, pensé luego, ya parado frente a la puerta del museo.
Me quedé un rato pensativo y, finalmente, no entré. Me había venido una iluminación; me visitó, creo, el ángel de la mediocridad. Desde entonces, yo sería un abogado de la vulgaridad, un apóstol de lo normal. De repente, sentí ganas de putear y de quejarme como todo el mundo.
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Ahora soy un célebre escritor, es verdad, pero de la clase de los piolas, de los gauchitos, tipo Galeano o Fontanarrosa. En las entrevistas para Canal Encuentro, siempre repito lo mismo:
Entrevistador de piernas cruzadas: —Dígame, ¿usted como qué tipo de escritor se define?
Yo, de piernas abiertas, para no quedar como puto: —La verdad es que, antes que nada, me defino como persona. Soy una persona que además es escritor. Y no un escritor que además es persona, como les pasa a los putos que salen en la revista Ñ.
(Esa frase —"una persona que además es escritor"— es muy usada, en los nicknames de sus Messengers, por adolescentes sensibles y socialmente comprometidos).
Seguidamente, el entrevistador nunca sabe cómo continuar con la entrevista. A veces yo le saco el tema del fútbol, como haría el "Negro" Fontanarrosa o el "Negro" Astrada. Todavía nunca me animé a hablarle de tetas. Me he convertido, acusan mis detractores, en “el tachero de Canal Encuentro”. La última vez, me acuerdo, cerré la nota diciendo:
Seguidamente, el entrevistador nunca sabe cómo continuar con la entrevista. A veces yo le saco el tema del fútbol, como haría el "Negro" Fontanarrosa o el "Negro" Astrada. Todavía nunca me animé a hablarle de tetas. Me he convertido, acusan mis detractores, en “el tachero de Canal Encuentro”. La última vez, me acuerdo, cerré la nota diciendo:
—Mañana habrá que abrigarse, dicen que se viene la ola polar.
Lo dije mirando a la cámara y con una única esperanza: que el tachero del Malba me haya estado escuchando.
SUBLIME!!
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